Supongo que todos vosotros y vosotras habréis oído la frase aquella de que “la felicidad no es esperar a que pase la tormenta, sino aprender a bailar bajo la lluvia”


Cada día somos más conscientes de lo que el estado de nuestra mente influye en el bienestar/malestar de nuestro cuerpo y, a la vez, lo que el estado de nuestro cuerpo puede influir en nuestra forma de sentirnos.

Actualmente se conocen ampliamente los efectos que la actividad física tiene sobre la salud, no solo corporal sino también psicológica. La danza, como actividad física, tiene importantes efectos a nivel psicológico, pero con muchos añadidos. Esto es porque la danza es mucho más que un deporte. Es, como he escuchado en repetidas ocasiones, “una conversación entre cuerpo y alma”.

Desde que comencé a bailar danza árabe, han sido varias las personas que me han preguntado si  este tipo de danza es únicamente para la mujer, si nunca he visto a ningún hombre bailarla. La respuesta es que sí, sí que los he visto (en ocasiones, de hecho, hasta bailar mejor que algunas mujeres).

Sin embargo, es cierto que la mayoría de vosotros conocerá la danza árabe como “danza del vientre”, lo cual no es ninguna casualidad. Este tipo de danza tiene sus raíces en bailes religiosos y populares en los que el protagonista era el vientre como símbolo de fecundidad. Por esta razón, desde sus orígenes, aparece como danza muy unida al hecho y al sentimiento de ser mujer. Bajo mi punto de vista, como bailarina, pienso que quizás no sea una danza de la mujer, pero sí para la mujer.

Otra de las preguntas que me han hecho (ésta última más veces de las que me gustaría) es si “la danza del vientre no es para provocar a los hombres”. Lo cierto es que esta es una creencia bastante extendida entre el público tanto femenino como masculino, lamentablemente.

La danza árabe es en sí un estilo muy elegante que, si bien tiene un importante componente de sensualidad, no debe confundirse con la provocación de un tinte erótico-sexual. Claro está, cada cual la usará (como todo) para lo que quiera.

Para mí y para las personas que me rodean a las que les apasiona, es un vehículo de placer propio, de expresión y desahogo. No conozco a ninguna mujer apasionada de la danza árabe a la que haya oído algo del tipo: “le voy a hacer un bailecito de los de clase, a ver si le caliento”, hablando mal y pronto. Ahora bien, si la pregunta es si hay mujeres que la usen para eso, las hay, las hay.

Uno de los aspectos que más me llamó la atención sobre la danza árabe fue precisamente la diferencia tan abismal que existe entre las personas que sienten pasión por ella y al bailar reflejan sus sentimientos y aquellas que solo bailan.

Supongo que todos vosotros y vosotras habréis oído la frase aquella de que “la felicidad no es esperar a que pase la tormenta, sino aprender a bailar bajo la lluvia”. Pues bien, si vais a aprender a bailar (que está claro que sí, no nos queda otra), yo os animo a que bailéis danza árabe. Os animo a cada una de vosotras, no importa la edad, ni los complejos ni los prejuicios que tengáis acerca de esta disciplina. Os animo a que le deis una oportunidad, a que la probéis.

La danza árabe se cruzó en mi vida en un momento en el que necesitaba experimentar cosas nuevas, sentir esas cosquillas de las primeras veces que algo te gusta y te mueres por saber más de ello y avanzar a pasos de elefante. Empecé a bailar por poco más que el interés que había tenido toda mi vida hacia la cultura egipcia y hacia la música y por aprender algo nuevo.

Hoy puedo deciros que fue una de las mejores decisiones que pude tomar y que, ahora mismo, dejar la danza de lado sería dejar una parte de mí. Me ha ayudado a cultivar aspectos tan importantes como la autoestima y la paciencia y a ir dejando de lado cosas inservibles.

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Pero más allá de mi experiencia personal, los beneficios de practicar este tipo de danza en concreto son cada vez más conocidos en todo el mundo.

Mejora nuestra postura. Este es uno de los aspectos que más he notado en mi cuerpo y observado en otras compañeras. Adquieres una nueva forma de caminar que no es más que el reflejo de parte de la postura que tienes que mantener para bailar: los hombros hacia detrás y el mentón ligeramente levantado.

Se queman calorías, como en cualquier otra actividad física. Este es uno de los beneficios que más persigue todo el mundo. Pero, en mi opinión, no debería ser la única razón para practicar esta danza ya que seguramente encontraréis efectos más rápidos haciendo otro tipo de actividad física.

Tiene un importante papel endurecedor y moldeador de la figura. Realza las curvas naturales del cuerpo de la mujer por el trabajo constante en estas zonas del cuerpo a través de las disociaciones y ondulaciones.

Es un ejercicio excelente de preparación para el parto y para la recuperación tras él, debido al fortalecimiento y al aumento del tono muscular de la zona pélvica. Por esa misma razón, supone una mejora en las molestias menstruales.

Los movimientos ondulatorios favorecen el correcto funcionamiento digestivo.

Se fortalece la musculatura del abdomen, espalda y pelvis. Aumenta la flexibilidad articular y la tonificación muscular.

Reduce la presión sanguínea y mejora el funcionamiento de nuestro sistema respiratorio debido a la importancia que adquiere el control de la respiración en determinados movimientos como, por ejemplo, los golpes de pecho.

Mejora nuestra coordinación y equilibrio.

Además de todos estos beneficios físicos que he podido comprobar personalmente, hay muchos otros efectos a nivel emocional y en relación a nuestro bienestar diario. Entre ellos:

Aumenta la confianza en nosotras mismas. Durante el aprendizaje van apareciendo todos nuestros complejos y limitaciones y, si somos persistentes, veremos como con el tiempo vamos abriéndonos a ellos y rompiéndolos desde dentro. El mero hecho de bailar con el vientre “al aire”, aunque sea en clase, ya supone un gran paso adelante para superar el complejo de muchas mujeres.

Realza nuestra feminidad. Nos descubre nuestro lado más femenino, la mujer que cada una de nosotras tiene dentro y a veces olvidamos o desconocemos. Cuando poco a poco vamos conociéndola y viendo que es parte de nosotras, mejora la percepción de nuestra sensualidad y ganamos seguridad en nosotras mismas.

Es un vehículo magnífico para la expresión emocional, en mi opinión, una terapia estupenda. El objetivo de la danza es la armonía entre cuerpo y espíritu. Podemos utilizar nuestro cuerpo para expulsar o decir aquellas cosas que tenemos dentro y no sabemos expresar. De igual forma, expresar cosas a través de nuestro cuerpo apaciguará nuestra mente y nos permitirá un mejor manejo de las emociones.

En la misma dirección que el punto anterior, la danza árabe tiene un interesante efecto de relajación, ya que funciona bajo el mismo principio que algunas de las técnicas de relajación más usadas en psicología. Por poner un ejemplo, la Relajación Muscular Progresiva se fundamenta en el contraste tensión/distensión y en el aprendizaje de danza árabe estaremos obligadas a utilizar estos ejercicios para poder lograr determinados movimientos.

Bailar aumenta nuestra producción de endorfinas y nuestros niveles de dopamina, conocida como una de las hormonas de la felicidad, lo que conllevará un mayor bienestar.

Nuestra clase o nuestro ratito en casa practicando constituyen un espacio físico y temporal idóneo para desconectar de la rutina y centrarnos en nosotras mismas. Este estilo de danza requiere mucha concentración, por lo que obligaremos a nuestra mente a olvidarse de otras preocupaciones y centrarse en ese momento, en nuestro cuerpo y en la música. Además, hay un sinfín de estilos diferentes que bailar según nuestro estado anímico, desde un sentido Tarab, donde destaca un ritmo más lento y la profundidad de sentimientos, hasta la energía y alegría de un solo de darbuka.

Observaréis como vuestra autoestima crece conforme vosotras crecéis dentro de la danza. Por una parte, os encontraréis de cara con nuestra capacidad de superación y, por otra, aprenderéis a desinhibirnos y a perder timidez con el tiempo. Además, como cualquier actividad en grupo, os permitirá conocer gente nueva con la que aprenderéis y al bailar se creará entre vosotras una química especial.

Esta danza es especialmente creativa, por lo que nuestra capacidad de innovación y de improvisación también se ve mejorada, así como nuestra memoria por las secuencias de movimientos y las coreografías.

La forma de experimentar nuestra sexualidad también se beneficiará de algunos cambios.

Por un lado, como comenté al principio,  ganamos confianza en nuestras capacidades de seducción y seguridad ya que observamos una nueva mujer frente al espejo y empezamos a ser conscientes de muchos instrumentos que poseemos y no conocíamos. Esto nos hará acercarnos a la otra persona de una forma más segura y ya sabéis que no hay nada más atractivo que quererse a uno mismo.

Observaremos nuestra feminidad de una forma mucho más profunda y desarrollaremos nuevos gestos y maneras de expresarla.

Debido al desarrollo de la musculatura, podremos probar una mayor variedad de posturas, ya que además conoceremos mejor nuestro cuerpo y tendremos un mejor control sobre él. De hecho, muchos de los movimientos concretos de la danza árabe (camellos, contracciones…) pueden utilizarse en el acto sexual con un consiguiente aumento del placer de ambos.

Mi experiencia personal me obliga a animaros a que os acerquéis con curiosidad a esta danza , ya que no he conocido a nadie que se aburra de ella. Tiene algo que engancha a las mujeres, quizás sea esa peculiaridad que tiene al resaltar los atributos de nuestro género de una forma tan única. Os habla una chica que nunca imaginó ser capaz de sentirse sensual a través de ese tipo de baile o que incluso jamás pensó que podría practicarlo porque “no era su estilo” o porque “para eso había que tener un cuerpazo y mucha confianza”.

Nada más lejos de la realidad. He tenido compañeras de 9 y hasta de 70 años que son felices bailando, cada una a su estilo, aportando su toque personal en movimientos, en expresión, en vestuario. Y eso es lo mágico de esta danza, observar cómo nos une y resalta de una forma tan positiva el hecho de ser mujer y a la vez muestra aquello que nos diferencia a cada una de nosotras, nuestro toque personal que reflejamos en nuestra manera de bailar y del que todas las demás disfrutan y aprenden.

Y es que al fin y al cabo “la danza es el único arte en el que nosotros mismos somos el material del que el arte está hecho” (T. Shawn).