A veces somos altruistas y otras, egoístas. Sin egoísmo no podríamos sobrevivir, y sin altruismo no podríamos convivir.

Mario Bunge

 

El egoísmo, ser egoísta, es uno de esos términos o condiciones humanas cuyo polo extremo ha llegado a constituir el único significado actual de la palabra.  ¿O a alguno de vosotros le suena bien “Pepito es egoísta”?

No hay más que ver la definición de egoísmo, según la RAE: un inmoderado y excesivo amor a si mismo que hace atender desmedidamente al propio interés sin cuidarse del de los demás.

Sin embargo (y lejos de querer convertir este texto en una clase de lengua) el origen de la palabra no tiene ningún tinte peyorativo. Simplemente se refiere a uno mismo (ego) y a la práctica (ismo) de éste. Practicar el sí mismo, punto. Ya ves tú dónde está el problema…

Desde críos se nos enseña lo malo que es ser egoísta, se nos castiga cuando en algún momento lo somos y, sin embargo, se nos dice poco o nada de lo necesario que es a veces.

Seguramente, todos habréis sentido alguna vez cargo de conciencia por haber actuado de manera egoísta. Y es que, como he dicho antes, parece que se nos programe desde niños a detectar y cubrir las necesidades de los demás, lo cual no es algo malo, lo problemático viene cuando no se nos enseña también a prestar atención a las nuestras.

En mi experiencia personal, recuerdo especialmente una vez en la que atravesar una mala racha me hizo actuar de manera egoísta. Y no es que me dedicara a putear al personal, entendedme, pero todos sabemos que cuando uno no está pasando por un buen momento, las personas que suelen resultar más perjudicadas son las más cercanas a nosotros, que a su vez son las que menos lo merecen.

Parece que se nos programe desde niños a detectar y cubrir las necesidades de los demásLo cierto es que es tras un largo tiempo, al ver las cosas con perspectiva, fue cuando me di cuenta de que en aquel momento  yo no era muy consciente de determinados comportamientos y formas de pensar propios. Simplemente no me sentía bien y, un poco como efecto colateral, no hacía sentir bien a algunas personas cercanas a mí. Años después, al salir del bache con algunas fortalezas más y algunas personas menos, me paré a pensar: ¿Fui una persona cruel por actuar de aquella manera? ¿Quise hacer daño o molestar a alguien? ¿ Debí haber hecho las cosas de otra forma? ¿Fui egoísta?

Fue entre todas estas preguntas cuando se pasó por mi cabeza algo a lo que siempre me refiero como la Teoría de los recursos, cuya idea principal está muy relacionada con este tema de las necesidades propias y ajenas y la forma de gestionarlas.

Todos poseemos unos recursos. Con recursos me refiero a estrategias o a simples modos de interacción con lo que nos rodea y, sobre todo, con los que nos rodean. Estos recursos no siempre son los mismos y van variando y desarrollándose o perdiéndose a lo largo de la vida. Hay personas con más recursos y personas con menos recursos, personas con recursos mejores y personas con peores, como ocurre con todo.

El problema de estos recursos es que las personas funcionamos como un todo indivisible y es imposible que si una parte de nosotros se altera, no se alteren otras como consecuencia. Un ejemplo de este todo indivisible son la cantidad de cambios que produce en una persona un proceso depresivo. No solo se altera su estado anímico, sino factores de diversa índole como son su capacidad memorística, de atención y concentración, de descanso, sus pautas de alimentación e incluso en algunos casos hasta llega a resentirse su salud física. En este caso, nuestros problemas emocionales necesitarían de muchos recursos y, por esta razón, consumirían recursos personales de otro tipo.

468453_602504803102731_1222279144_o

Si una parte de nosotros necesita de muchos recursos porque se encuentra en un período de crisis (una situación que no sepamos gestionar, un cambio importante al que nos esté costando adaptarnos, un momento en el que nos veamos saturados de actividad y excesivamente cansados) seguramente nos veamos escasos de recursos para hacer frente a otros aspectos. Y tal situación no es egoísta, no es ni tan siquiera mala, es simplemente normal. Podríamos calificarla de negativa si permaneciésemos en ese estado toda la eternidad, pero el egoísmo en estas situaciones adquiere un tinte curativo y positivo, aunque eso al de al lado pueda salpicarle.

Todo esto puede sonar obvio, pero si he querido reflexionar y hablaros sobre ello es porque parece que se nos olvida en el maratón diario al que a veces nos vemos sometidos. Ya sea por que nos enseñan desde pequeños o por la razón que sea, lo cierto es que no nos permitimos ni permitimos a otros practicar el egoísmo, lo contemplamos como un rasgo negativo de personalidad sin que se nos pase por la cabeza que pueda ser un estado transitorio (y muy necesario a veces).

La necesidad de ser egoísta se hace cada vez más palpable en una sociedad en la que cada vez estamos más conectados a todas horas y, debido a esta conexión, parece que uno tuviera que estar disponible las 24 horas para los demás. Cada vez es más difícil estar desconectado de todo y estar disponible para uno mismo. Y cuando digo “estar para uno mismo” no me refiero a sentarnos a filosofar o a meditar (que también, el que quiera), me refiero al simple hecho de no estar para nadie más. El culmen de esta situación es el doble check, o lo que es lo mismo, el “me ha leído y pasa de mi culo”.

A veces las circunstancias nos desbordan, no hay más, y para eso sí que no existe ninguna app a través de la cual comprar recursos personales o compartirlos (todavía). Habrá momentos en los que tengamos que elegirnos a nosotros antes que a los demás, momentos en los que tengamos que consumir más recursos para necesidades propias que para satisfacer las que tenemos en nuestras interacciones con otras personas. Ojo que con todo esto no quiero decir que tengamos que ir por ahí sin tener en cuenta los sentimientos de los que nos rodean y pensando exclusivamente en nosotros, que nunca hay que olvidar el “hoy por ti, mañana por mí”. Ese caso sí sería el egoísta de la RAE. Simplemente digo que en ocasiones hay que decidir entre “yo a gusto” o “los demás contentos”, y no necesariamente tienen que ser decisiones importantes:

Si llevo una semana desbordado en el trabajo, es probable que gran parte de mi atención y mis fuerzas se las lleve esa situación y se me olvide contestar un mensaje en whatsapp, o no tenga tiempo de hacerlo o prefiera gastar el tiempo que me quede en otra cosa que estar enganchado al móvil, simplemente. Si es algo importante, llámame.  Si resulta que esta noche he dormido mal, quizás prefiera centrar la única atención que me queda en ver una película en modo horizontal desde el sofá en vez de salir esta noche, aunque tú tengas la necesidad sobrehumana de tomarte unas cervezas conmigo en la calle.

Lo egoísta sería seguir en una relación en la que claramente uno está dando más que otroSi de repente he perdido la pista de quién soy y qué es lo que realmente quiero en la vida, quizás prefiera pasar este período solo porque necesito y quiero todo mi tiempo y mis recursos para mí. Habrá quien lo considere egoísta, yo lo considero inteligente. Inteligente y altruista, precisamente. Lo egoísta sería seguir en una relación en la que claramente uno está dando más que otro o, directamente, uno está dando y el otro sólo absorbe los recursos de la otra persona cual esponja, convirtiéndose en algo así como una sanguijuela relacional. Eso sí es egoísmo del malo.

Por todo esto, hay algo que me atrae especialmente de algunas personas  y es cuando dicen frases del tipo: “me gusta mucho pasar tiempo solo” o “yo necesito mucho tiempo para mí”. En mi opinión, esto no es más que un reflejo de una buena gestión de los recursos propios con uno mismo y con los que nos rodean.

Acordarnos de hacer un huequito en la agenda a nuestros intereses personales es igual o más importante que hacérselo a los de los demás. Y, bajo mi perspectiva,  la única manera de practicar el altruismo de forma sana. ¡A practicar el egoísmo!