Según el momento de nuestra vida en el que nos encontremos y de la relación con nosotros mismos que tengamos en ese momento, nos apetecerán y surgirán diferentes tipos de relaciones con los demás.


Me resulta fascinante (a la vez que acojonante a partes iguales algunas veces) la cantidad de tipos de relaciones que pueden establecerse entre dos personas que se atraen. Lo cierto es que no sé cómo serán las relaciones entre dos personas del mismo sexo más allá de la amistad, ya que no he tenido la oportunidad (o la voluntad) de comprobarlo, pero estoy convencida de que habrá otro arsenal de tipologías “pa´caerse muerto”.

Recuerdo con ternura mis años de adolescente cuando se me abrían los ojos como platos al oír hablar de algunos tipos de relación que no entraban en la etiqueta de “amigos” o “novios”. Que conste que, aún ahora, algunas de ellas me resultan un poco alarmantes, pero la mayoría de “modalidades” fueron poco a poco ganándose la comprensión dentro de mi cabeza.

Hoy en día, si algo tengo claro, es que hay tantos tipos de relaciones como tipos de persona. Voy un paso más allá: creo que hay tantos tipos de relaciones como “estados de persona”.

Creo que estaréis de acuerdo en que a lo largo de vuestra existencia habréis tenido que tragaros vuestras palabras y hasta tenido “ahogadillas” de la cantidad de esa “agua que nunca ibais a beber”. Esto para nada me parece negativo. De hecho, lejos de parecer que uno está yendo en contra de sus principios, opino que experimentar cosas ante las cuáles antes mostrábamos una actitud reticente puede ser muy positivo. Nos ayuda a tener una actitud más empática hacia otras personas, a conocer otros puntos de vista y, oye, quién sabe… ¡Lo mismo hasta a cambiar el nuestro!

No hay un ingrediente más claro para la infelicidad que el hecho de ser una persona inflexibleY es que no tiene sentido pensar en una persona como un todo inamovible o invariable a lo largo del tiempo. Existe una creencia muy extendida sobre que una personalidad fuerte y definida pasa por no cambiar nuestros principios, por mantenernos firmes en ellos. Bajo mi punto de vista, no hay un ingrediente más claro para la infelicidad que el hecho de ser una persona inflexible.

Cosa distinta es que cada cual tenga sus gustos y sus fundamentos, pero para tenerlos claros es cierto que también hay que conocer y probar lo que no nos gusta.  Sobra decir que con esto no me refiero a que haya que probarlo absolutamente todo, ni exponernos a situaciones que sabemos de sobra que no son las queremos o que no nos hacen sentir bien.  Simplemente, considero que si caminamos preguntándonos “¿Por qué?” en vez de asumiendo los antiguos “No”, podemos ganar mucho.

Dejando a un lado las relaciones de diferentes tipos que podamos tener a lo largo del tiempo con los demás, lo que realmente me resulta asombroso y quería compartir son las relaciones (igualmente variopintas) que podemos establecer con nosotros mismos. Y esto es porque, sin lugar a dudas, el tipo de relación que tengamos en un determinado momento con nosotros determinará las relaciones que tengamos con los demás.

En cierto momento de reflexión y autocrítica respecto a la imagen que yo tenía de mí misma y, consecuentemente, la imagen que daba en mis relaciones, me encontré con un anuncio (muy oportuno) que me hizo retorcerme en el asiento.  Hablo de un anuncio de la red de contactos “Meetic” que supongo que la mayoría de vosotros habrá visto en televisión.  En resumen, en el anuncio aparecen imágenes de una pareja que acaba de conocerse con voces en off de ambos. Él siente y dice que con su actitud no va a gustarle a ella; ella, sin embargo, está encantada con la actitud de él. Resumen de la situación y eslogan del anuncio “Si no te gustan tus defectos, a alguien le gustarán”.

Esa frase, empastada sobre unas imágenes más o menos divertidas, puede parecer un motivo de alegría o de esperanza para aquellos desesperanzados porque aún no han encontrado el amor. A mí, con sinceridad, me parece un verdadero atentado contra la autoestima. Es decir, “Si tú no te aguantas, ya te aguanto yo”. Claro que sí.

Creo que existe un error fundamental en esa creencia que nos llevan vendiendo desde que tuvimos las hormonas revueltas y la edad suficiente para tragarnos comedias románticas (yo la primera). Esas películas nos venden historias de amor ajeno, no de amor propio. Nos venden la idea de que el amor es un ente extraño y lejano que  algunos afortunados tienen (y de ahí su felicidad), un ente que algunos anhelamos y creemos imposible de alcanzar, pero que cuando estemos más hundidos en la mierda y creamos que no somos capaces de salir adelante aparecerá en forma de ser humano (distinto a nosotros,claro), nos cogerá de la mano y nos llevará a disfrutar de la vida y a superar nuestros miedos y limitaciones y, en resumen, a potar arcoiris. Claro que sí.

Las peores historias de amor que he vivido y visto son aquellas en las que decidimos “darnos por perdidos” en el sentido de buscarnos y encontrarnos en los brazos de otro y que ese otro sea el que nos indique la senda hacia la felicidad. Como si le diéramos a otra persona el poder y el permiso de que nos ilumine con focos tamaño XL el camino que nosotros no hemos sido capaces de encender, porque no hemos puesto la garra suficiente.

He vivido y visto historias de amor en las que esto sucede, en las que lo negro se vuelve rosa pastel, en las que de repente sentimos que todo lo que veíamos vacío tiene sentido, en las que somos por fin felices como perdices. Ahora bien, también he visto lo que sucede después. Están aquellos que siguen juntos para la eternidad con sus más y sus menos, y luego están esos otros que siguen caminos separados y que vuelven a encontrarse de bruces con la realidad de estar solos.

No me malinterpretéis, no tengo nada en contra de las relaciones, me encanta estar en pareja. De hecho, creo que seguramente es como más me guste estar.Es cierto que me gustaría poder compartir mi vida con alguien y que creo que seré muy feliz cuando lo haga, pero desde luego tengo claro que eso no podría pasar antes de compartir mi vida conmigo mismade una forma mínimamente cordial, de sentirme feliz conviviendo con quién soy sin que nadie tenga que hacerme olvidarlo.

Hay una relación estable que estamos obligados a mantener y esa es con nosotros mismosDespués de todo, como decía al principio, creo que según el momento de nuestra vida en el que nos encontremos y de la relación con nosotros mismos que tengamos en ese momento, nos apetecerán y surgirán diferentes tipos de relaciones con los demás. Nos apetecerá y podremos tener amigos, mejores amigos, amigos para un café al mes, colegas para salir a beber, amigos con derecho a roce a partir de las cuatro copas, amores platónicos imposibles, novios, prometidos, amantes, follamigos…ponedle el nombre que queráis. Pero lo cierto es que, nos guste más o nos guste menos, hay una relación estable que estamos obligados a mantener y esa es con nosotros mismos.  En esa relación no caben medias tintas ni aventuras pasajeras. Es una relación que puede tener altibajos, pero que debe contar con nuestra aceptación incondicional.

Si esa relación es negativa, seguramente podremos tener relaciones positivas con los demás, pero nunca conseguiremos vivirlas en todo su esplendor ya que intentaremos llenar nuestras faltas con aspectos del otro. Aspectos que si ese otro se marcha, se llevará consigo. Una relación debe ser una unión equitativa de fuerzas, no un arrastre. Debe permitirnos sentir llenos y estables y no con el miedo constante de cómo nos sentiremos o qué nos quedará si esa persona se va. Debe hacernos sentir la necesidad de compartir y sólo podremos compartir algo bueno, si creemos que tenemos algo bueno que dar, y no sólo algo bueno que recibir.

Quereos mucho, cultivad vuestros puntos fuertes para ensombrecer a los débiles y aceptad estos últimos, respetadlos y trabajad para cambiarlos si es eso lo que queréis. No hace falta que venga nadie a comeros la oreja y a deciros que esos defectos no importan, en cualquier caso dejarán de importar cuando no te importen a ti, no cuando no le importen a otro.

Aseguraos de que cuando por fin conozcáis a esa persona (si es eso lo que deseáis) podáis darle los dos besos de rigor y decir sin miedo: “Encantado de conocer…me”.