Lo que realmente me sorprende es que no recuerdo bien cuándo dejó de importarme. Cuando dejé de preguntarme dónde estaba el fallo de que nunca hiciéramos buena combinación tú y yo.


Seguramente ni te acuerdas muy bien de por qué lo compraste, porque mira que no fue de aquellas jornadas de rebajas en las que todo lo que sea mono, llevable y barato vale.

Fue más bien de esas veces que estás echando un vistazo sin tener un duro y sin buscar nada realmente, esperando a tu amiga la de “voy diez minutillos tarde” o haciendo tiempo para otra cosa. De esas veces de darte una vuelta por las tiendas y pensar lo fea que es la nueva temporada y verle ahí, entre lo hortera y lo básico, llamando tu atención no sabes ya si por ser bonito en sí mismo o por ser lo menos feo que había alrededor. En aquel momento no te pareció caro.

Y que sí, que lo barato sale caro, o al menos eso es lo que has oído siempre. Pero a mí siempre me pareció el típico refrán cascadísimo, que no tenía mucho sentido para personas como yo y que sólo servía para aquellas que podían permitirse el lujo de ir a lo mejor, tuviera el precio que tuviera, así que te cogí sin pensarlo.

Pocas cosas hay que nos gusten tan poco como ese día en el que nos probamos los pantalones o el vestido del verano pasado y ahí no hay ni dios que se meta. Que lo mismo hasta nos venía bien coger algo de peso, que el verano pasado lo partíamos cuando nos lo poníamos y nos sentaba de fábula y este año ya ni se lleva, pero oye, que nos da igual. Le hacemos su huequito en el armario, por aquello del “y si en unos meses…” y de vez en cuando volvemos a intentarlo.

Más o menos ahí estabas tú, en el cajón de los pantalones imposibles, esos que algo te dice que no te vas a volver a poner. De vez en cuando volvía a sacarte solo por echarte otro vistazo y pensar cómo llevarte. Realmente se me olvidaba el tiempo que tenías y que llevabas ahí guardado, y evitaba a toda costa pararme a pensar que, para el uso que te daba, quizás tu hueco en el cajón me fuera más útil para otra cosa.

Alguna vez te acabé sacando de pura rabia, poniéndome aunque fuera alguna otra cosa por encima sin que te vieras mucho. Qué estupidez ahora que lo pienso, ya que para lo que se te veía, hubiera sido más lógico llevar algo más cómodo y más de mi talla, que no me oprimiera el pecho o no me hubiera hecho llevar más capas que una cebolla con tal de que no se me notara demasiado.

Me acuerdo de esa pequeña lucha casi semanal (bueno vale, semanal) de micro-tragedias estúpidas y fondos de armario y me da pereza sólo de pensarlo. Los días que te llevaba puesto debajo de otras capas, llegaba a casa a con la sensación de haber estado incómoda todo el día para nada y los que le echaba ganas al asunto y te llevaba al descubierto no me libraba de los “ese color te hace más pálida”.

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Renovarse o morir, dicen.

Así que, por mi que no quedara. Se me ocurrieron un sin fin de ideas diferentes para ti: cortarte las mangas, llevarte con una falda más corta de esas que nunca me gustaron, coserte parches de colores, ponerme algún complemento vistoso que desviase la atención de lo mal que me quedabas o que escondiese lo desgastado que estabas… Y te juro que alguna vez estuve convencida del resultado, de verdad. Me miraba al espejo y me veía algo así como guapa y pensaba que aquella vez sí que sí.

Si es que dejando atrás incomodidades tenías un color indefinido que iba un poco con todo. Mirándolo desde ese punto de vista, eras fácil de llevar. Lo mismo el problema era mío, que era muy exquisita con los tonos o tenía muy claro qué colores no me sentaban bien. No sé.

A veces me pregunté si fuiste tú quién encogió con los lavados o diste de sí del mero uso o si fui yo la que ganó pesó o lo perdió o, mira, yo que sé… lo mismo nunca fuiste de mi talla. Será que había algo de atractivo en el color desgastado de lo que se vuelve viejo, o en el propio intento de recordar de qué color eras cuando te vi por primera vez.

Aún a veces hoy me lo pregunto: si la culpa fue del detergente o del suavizante, del programa de lavado o de si debí esperar a ver si en un tiempo te veía rebajado y quizás así luego desprenderme de ti le hubiera pesado menos a mi bolsillo, y a mi sonrisa también.

Pero lo que realmente me sorprende es que no recuerdo bien cuándo dejó de importarme. Cuando dejé de preguntarme dónde estaba el fallo de que nunca hiciéramos buena combinación tú y yo y dejase, por fin, de buscar conjuntos imposibles. Seguramente fue la nueva temporada, para mi gusto mucho más acertada que las anteriores. O quizás que empecé a buscar directamente cosas de mi talla, que me quedasen bien sin tener que forzarme a entrar en ellas, que resaltasen mis curvas naturales, que me hicieran “escotazo”, que me dieran mejor color.

O estar echando un vistazo sin tener un duro ni buscar nada realmente y verle ahí, entre lo nuevo y lo básico, llamando mi atención por ser tan bonito en sí mismo, por encima de lo otro bonito que hubiera alrededor.

Supongo que fue cuando comprendí que es muy fácil llamar amor a cualquier cosa cuando perdemos el amor por nosotros mismos. Que el amor no te quita posibilidades, siempre te las suma. El amor no se esconde ni te palidece ni te oprime ni te obliga a convertirte en alguien distinto. Enfoca y expande tus mejores cualidades para conseguir la versión mejor de ti mismo.

Todo lo demás no te queda bien, llámalo X, pero no amor. El amor nunca te queda pequeñito, es amor XS.