Lo último que puede una ya tolerar es que, además de guiar nuestra identidad como mujeres, los hombres nos tengan que decir cómo ser feministas.


El otro día me dijo un pariente que las feministas no se casan. También me dijo que antes de arreglar el mundo, deberíamos saber arreglar nuestra propia habitación. Así tal cual, sin anestesia. Además, ante cualquier cosa que yo decía, la respuesta era ‘¿pero no eras feminista? Una feminista no deja que…’. Se me hincharon bastante los ovarios, pero como estas provocaciones me agotan, no entré al trapo. Lo único que me permití decir fue…

No hay nada más feminista que hacer lo que te salga del coño.

Porque veréis. Resulta que, históricamente, las mujeres hemos tenido que pasar una serie de estándares de calidad que nos identificaran como verdaderamente merecedoras del sustantivo ‘Mujer’. Hemos tenido que ser femeninas, esto es obedecer a unos cánones de belleza imposibles, ser castas, puras, encarnar la bondad y primar las necesidades y deseos de las personas de nuestro alrededor por encima de las nuestras. Resumiendo mucho.

El género es una construcción social y cultural, cuyo significado cambia según dónde estemosPor supuesto (y por suerte), rebeldes han existido siempre, mujeres que no han pasado por el aro aunque hayan tenido que pagar por ello con, por ejemplo, el rechazo social entre cosas mucho peores. Entonces, en un momento de la cronología, llega el feminismo como movimiento para representar la opresión que sufrimos las mujeres al responder a lo que se espera de nuestro género. No nos olvidemos, por favor, de que el género es una construcción social y cultural, cuyo significado cambia según dónde estemos, aunque lo que es común a todas las culturas es que las mujeres están por debajo de los hombres en derechos y oportunidades, como poco.

Con el tiempo, no contento el patriarcado con habernos tenido que decir cómo ser mujeres, empieza a decirnos también cómo ser feministas. Así llega el estereotipo al que parece que la sociedad tanto necesita agarrarse para sentirse a salvo y las feministas se convierten en mujeres lesbianas con pelo corto, muy cabreadas, que odian a los hombres.

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Avanzamos un poquito, y como tumbar ese estereotipo es demasiado fácil (todavía existe, of course) la representación de lo que debe ser una mujer feminista se va perfilando de forma algo más sútil y profunda. Solo algo más, sin dejarse los sesos en el intento. Y señoras… ¡nos lo creemos! Y nos empezamos a encorsetar a nosotras mismas otra vez con nuestro feminismómetro (aka ser una buena feminista).

Nos han hecho depender de unos cánones de belleza sobre los que en muchos casos se sostiene nuestra forma de vivirnosO sea, nos han hecho depender de unos cánones de belleza sobre los que en muchos casos se sostiene nuestra forma de vivirnos (véase: delgadez, juventud, depilación, hipersexualidad de nuestra imagen y asexualidad de nuestro comportamiento, etc.) y ahora que nos podemos liberar, reflexionar sobre todo esto y decidir si queremos seguir haciéndolo o no en base a lo que perdemos y lo que ganamos, AHORA, se nos dice que no, que o somos feministas y hacemos cosas de feministas (ser peludas, llevar deportivas y no usar maquillaje) o somos mujeres y hacemos cosas de mujeres (depilarnos, hacernos las uñas, pintarnos los labios y calzar tacones).

Pero retomando la idea que me trae a este artículo, el comentario de un miembro de mi familia valorando y sometiendo a examen mi feminismo aunque de feminista este señor tenga poco, me voy a permitir una incorrección política. Lo último que puede una ya tolerar es que, además de guiar nuestra identidad como mujeres, los hombres nos tengan que decir cómo ser feministas. Apaga y vámonos. Insisto…

No hay nada más feminista que hacer lo que te salga del coño.

Yo me enciendo, por eso voy a recurrir mejor a mi querida Chimamanda Ngozi Adichie, que sabe de esto. Porque además de sufrir la desigualdad por ser mujer (género), sufre la de ser negra (raza) y la de ser africana (clase). Todo esto lo refleja la autora de una forma maravillosa en su última novela: Americanah. Interseccionalidad, que lo llamaría Lucas Platero.
Repito, y como ella sabe de esto, da una charla maravillosa para TED en su ciudad, Lagos (Nigeria). Merece la pena escucharla y aprender un poco.

Porque todxs deberíamos ser feministas.

Y repetid conmigo.

No hay nada más feminista que hacer lo que te salga del coño.