A las 5 de la madrugada en pie. Y a las 6 ya estaba en la carretera, camino a Avignon en busca de mi novia que regresaba de 7 largos días en España. En las dársenas sentí el frío de enero en mis huesos, acentuado por la oscuridad persistente de la mañana del invierno francés. El ansia por verla me hizo pensar en mi enamoramiento. No podía dejar de pensarla ni un segundo.

El bus se acercó y aparcó parsimoniosamente, como emulando la lentitud con que la claridad comenzaba a surgir en el cielo. Era la hora mágica del alba. Recorrí lateralmente la cristalera y por fin la vi, casi en los últimos asientos junto a las ventanas. Un chico se acababa de levantar del asiento contiguo y se fue por el pasillo. Cuando bajó, nos abrazamos apasionadamente, como dos chiquillos felices recuperándose de sus heridas del tiempo y la distancia de siete eternos días. Como ella parecía evitarme un  poco yo busqué su boca con decisión. Y cuando la besé, también tuve que esforzarme para abrir con mi lengua sus labios. Al instante capté un sabor peculiar, fuerte e inconfundible, aunque pasaron unos segundos para que mi cerebro lo procesara. Fruto del efecto sorpresa sin duda. Pero lo reconocí enseguida. Un olor a un sudor familiar, un sabor de flujos. Como los de mi sexo cuando mi cuerpo ligeramente sudoroso emanaba su propio aroma.

Mi hábito adquirido de ocultar emociones ayudó a que mi reacción fuese lenta y aparentemente imperceptible. Pero la perplejidad me tenía paralizado. La inverosimilitud de lo que estaba pensando frente a la realidad que me dictaban los sentidos: ella acababa de estar con un hombre en aquel viaje nocturno. Increíble, inconcebible, pero no más que mi gusto y olfato me engañasen hasta tal punto. Unos segundos fugaces de celos y  quizás rabia. Y luego me invadió una excitación indescriptible. No sabía lo que estaba pasándome. Pensar que ella justo antes de ese amanecer, en la oscuridad de la carretera, se había metido entre los labios el pene de otro hombre, me había generado una erección tremenda.

Medio ido, le entregué el paquetito que llevaba bajo el brazo. El papel de regalo y la etiqueta evidenciaban que se trataba de Malicieux. Lo abrió y sacó el delicioso conjunto de dos piezas Lanai. Disfruté mucho viendo y eligiendo porque todo me parecía muy sugerente y apropiado para ella.

Desde entonces este hecho pasó a ser un recurso latente en mi cabeza y en mis fantasías masturbatorias, bajo decenas de hipotéticas versiones y variantes diferentes: “y si ocurrió… ” ¿Cómo fue exactamente? ¿Sacó él su polla de los pantalones y ella le masajeó hasta empalmársela bien? ¿O se encargó mi novia de liberarla ya en plena erección y llevarla hasta su garganta de inmediato?  De la felación sí tengo ciertas pruebas sensoriales, pero no sé nada más de lo que pasó. ¿Fue eso todo? ¿O Quizás la puso contra la fría ventana en plena oscuridad y la penetró a cuatro patas sobre los asientos del autobús deslizándose por la autopista? ¿Recibió su esperma dentro de su boca? ¿O él siguió sin detenerse hasta rociarla entre las piernas? ¿O quizás fueron varios polvos seguidos? Y puestos a pensar todas las posibilidades: ¿Estaban los dos solos? ¿ Habría otro pasajero más en el que no me fijé y se perdió para siempre en el frío amanecer al bajarse de aquel autobús?.

Durante las siguientes semanas evité preguntarle sobre esto. Pero sí que le expuse claramente mi deseo de que lo hiciera con otro.  Accedió a “probar”. Yo estaba alucinado y encantado a partes iguales. Quedamos los tres para beber algo, él trabajaba en un centro de masajes especiales para parejas al que habíamos ido los dos juntos  un mes antes, por mi cumpleaños. Era un primer contacto sin compromisos previos… Llegó con un paquetito de Malicieux. Eva y yo nos miramos divertidos. ¡Dos regalos Malicieux en tres semanas!

Afortunadamente era diferente: medias, ligas y un body de satén color frambuesa. Después las cosas pasaron rápidamente y tras un par de copas ella sugirió que nos invitase a su casa. Yo estaba en estado de shock por la actitud de mi novia. Luc y ella parecían divertirse y sentirse cómplices con la situación. De repente se me ocurrió algo, se me hizo un nudo en el estómago. El vértigo se apoderó de mí, pero cuando quise recapacitarlo ya estaba diciéndolo. Y ella asintió a mi idea de que se fueran ellos solos y que yo los esperase allí. Es la sensación más increíble que he tenido en mi vida. Eso sí, la larga espera en aquél bar fue un suplicio, como una montaña rusa que no se detiene jamás. Un mensaje de Eva me rescató: “Seguimos en su casa, ven rápido por favor. Te esperamos”.

Luc me abrió la puerta de su casa.

-Me parece que a tu mujer no sólo le gusta que la acaricien, sino también sentir pijas grandes sobre su piel. Pero ha preferido esperarte para hacerlo.

Una erección casi por reflejo.

Segundos después en la habitación, ella esperaba desnuda sobre la cama…

Afortunadamente estaba muy mojada, porque se la metió de golpe, sin jugar con la entrada ni rozarla con la punta como marcaba la lógica preliminar. Durante unos minutos sólo se oían las fuertes embestidas y el ruido de los huevos rebotando cada vez más fuerte contra su vagina.

No les puedo explicar con qué placer me pajeaba ante semejante escena. Algo exquisito, una sensación única.

-¡Dios qué follada! ¡Tú nunca me has follado así! Como un hombre folla a su mujercita… Me voy a correr…

Eva gritaba como una poseída. Yo le decía que quería que me trajera en la boca el sabor de otro hombre.

Me besó… y olía a una mezcla de mujer excitada y recién penetrada… y del corneador que hacía poco estaba sobre ella dándole lengua y verga…

El olor no era nuevo para mí… En verdad muy excitante…