“Dices que a la vuelta me vas a chupar y quieres que lama tu sexo, pequeña pícara depravada. Espero que alguna vez me sorprendas durmiendo vestido".


Uno de mis profesores de Historia Medieval nos dijo algo que se me quedó grabado, y es que prácticamente todo lo que nos creemos que inventamos actualmente, ya existía antes. Él lo decía por los seguros que hacían los dueños de las mercancías que se transportaban en barco, para asegurar que finalizaban el viaje en perfecto estado. Y yo lo digo porque nos pensamos que ha sido ahora con el uso de las nuevas tecnologías, cuando hemos empezado a escribirnos emails y mensajes subidos de tono.

Situémonos en diciembre de 1909, James Joyce está de viaje en Dublín con motivo de la inauguración de un cine en la capital, mientras que su futura esposa Nora se encuentra en Trieste, donde ellos residen habitualmente. Es la vez que más tiempo han estado separados, desde que se conocieran en la ciudad irlandesa cinco años antes. Esta distancia hace que los inseparables amantes den rienda suelta a sus deseos más profundos en las misivas que se escribían.

Estas cartas nos chocan incluso ahora, por la claridad y lo directas que son. Imaginémonos que estamos en Irlanda, uno de los países en los que el catolicismo estaba más arraigado y por lo tanto, se vivía en una sociedad sexualmente muy reprimida. Aunque por otro lado, seguro que fue esa sinceridad para con el sexo, lo que enamoró a James de Nora.

Nora era una mujer fuerte, elegante, conversadora, divertida, imaginativa, desinhibida y sobre todo con los pies en la tierra. James era un genio atormentado, conversador, también elegante, borracho y que acabaría ciego. Nora fue para James una forma de atarlo a la tierra y sobretodo fuente de inspiración, pues prácticamente en cada papel femenino de las obras de Joyce se refleja Nora.

Vemos a Nora en la obra más conocida de James, Ulises, en el personaje de Molly Bloom. Por ejemplo en su último capítulo, seguramente cada palabra dicha por Molly salió antes por boca de Nora. También es Anna Livia Plurabelle en la obra Finnegans Wake e incluso Nora es Gretta Conroy en su obra Los Muertos, donde Gretta, casada con un hombre joven y exitoso, está triste porque sigue queriendo a su primer amor, ya muerto.

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Volvamos a diciembre de 1909, James escribe a Nora entre apelativos cariñosos como “mi hermosa flor silvestre de los setos” o “mi flor azul oscuro” para expresarle después, lo mucho que la extraña, de la forma que a ellos más les gusta, a través de su sexualidad. Así, Joyce, y también suponemos que lo haría Nora aunque sus cartas se han perdido, describe sus fantasías sexuales que llevaría a cabo en su reencuentro:

“Dices que a la vuelta me vas a chupar y quieres que lama tu sexo, pequeña pícara depravada. Espero que alguna vez me sorprendas durmiendo vestido, me asaltes con un destello de puta en tus soñolientos ojos, me desabroches con suavidad, botón por botón en el vuelo de mi trusa, y saques gentilmente la gruesa fusta de tu amante, la escondas en tu boca húmeda y la mames hasta que dura y erectísima acabe en tu boca.”

“Estoy contento ahora porque mi putita me dijo que quiere entregarme su trasero, y quiere que la folle por su boca, y quiere desabotonarme y sacar mi palito y mamarlo como una teta. Más y más sucias que éstas quiere mi pequeña folladora desnuda que le haga, mi perversa excitable amante, mi dulce pedorrita obscena.”

Estos son algunos de los fragmentos de las cartas que se escribían. Os recomiendo encarecidamente que los leáis, pues a pesar del lenguaje tan directo que utiliza, encuentro en cada frase más que un sentimiento de deseo. Para ellos, el sexo que tan explícitamente vemos en sus cartas, era la principal forma de expresar su amor, pues según la biografía de Nora escrita por Brenda Maddox, discutían bastante a menudo por el alcoholismo de James y de Giorgio, su hijo, así como por la enfermedad de su hija Lucia, esquizofrénica.

A pesar de los esfuerzos de Nora de mantenerle alejado de la bebida, con amigos como Hemingway, James lo tenía difícil, ambos estuvieron juntos hasta el fin de sus días: él ciego y borracho, ella fuerte y amable, y entre ambos, mucho sexo.