La crisis, las sombras, las verdades a medias, lo que no te contaron de la juventud, la tranquilidad de las no ataduras, los primeros puñales, los primeros orgasmos de verdad con uno mismo.


No viaja más quién más sitios pisa, sino el que más almas vislumbra desde un horizonte transparente cubierto de espinas. He visto las vísceras de placer y dolor junto con los rincones más recónditos y oscuros. Definitivamente,  puedo decirme que el ser humano es lo peor y lo mejor que he conocido de mí misma.  Nuestras vidas, aun siendo parecidas (a todos nos duelen las mismas cosas), no dejan de ser a veces un jodido misterio.

Definitivamente, puedo decirme que el ser humano es lo peor y lo mejor que he conocido de mí misma. Desde que somos niños,  las mochilas y los equipajes, se posan en la espalda sin saber que de adultos, no sabremos en que armario meterlos.  Sin embargo, cuando de pequeños empezamos a buscar respuestas y quizá también por el desconocimiento del tiempo y del decoro, solo importa jugar. Jugar a mezclarlo todo y echar las patas fuera del tiesto. La niñez sucumbe al límite del lenguaje y al desarrollo de la corteza prefrontal.

Es entonces cuando el caos, empieza a asomarse disfrazado de una falsa timidez y un atrevimiento fugaz, porque la vida o se vive en ese momento, o no podrá vivirse nunca más. Ahí deseas con todas tus fuerzas ser mayor. Ser mayor para vivir, para dejar de ser un incomprendido, ser mayor para ser creíble, menos vulnerable.  Sin embargo, pegas el estirón y estás aún más perdido que entonces. Perderse y encontrarse y la necesidad de estar perdido como muestra de madurez y de vivir en la incertidumbre de no saber.

La crisis, las sombras, las verdades a medias, lo que no te contaron de la juventud, la tranquilidad de las no ataduras, los primeros puñales, los primeros orgasmos de verdad con uno mismo.

¿Quién me preguntó a mí si quería venir  aquí?

La vida sin su comienzo tiene menos sentido aún que nuestra obsesión por crecerProbablemente ahí está nuestra angustia y nuestra fortuna. Estamos y seguimos,  a veces de forma más o menos automática, otras simplemente para morir de agotamiento o de circunstancias. Ahí es cuando realmente te haces mayor y  empiezas a comprender entonces,  que la vida sin su comienzo tiene menos sentido aún que nuestra obsesión por crecer. En esos pequeños momentos, la vida se enmudece y se trastorna. El eterno retorno.  Vuelves al origen, sin máscaras.  Te conviertes en ese niño que vuelve  para recordarte a ti misma,  que la soledad del adulto, no es lo suficientemente grande para apagar los miedos y echar a los fantasmas.