Las ganas de cogerla del pelo aumentan, mi pie agarra imaginariamente el suelo con los dedos una y otra vez. Su boca, su saliva, su lengua... y yo no hago más que suspirar.


Ella me besa la zona cercana al pene, yo no sé dónde poner las manos. Tengo unas ganas horribles de tocarme pero quiero dejarla hacer. Me roza suavemente con una mano, busca con su lengua zonas más cercanas. Lo único que quiere es matarme de ganas. El momento en el que se la mete en la boca, caliente, húmeda, aumenta mi excitación a niveles increíbles. Sólo quiero que no pare.

Es complicado entablar una conversación con alguien totalmente desconocido en un terreno neutral. No sé qué decir cuando me acerco a alguien en un bar. Muy pocas veces lo hago, y muchas menos salen bien. Soy muy tímido y a la segunda palabra se me entrecorta la voz, parezco muy artificial o simplemente una persona socialmente disfuncional. Con Alejandra me ocurrió exactamente eso. No supe qué decir, no estuve original ni gracioso ni siquiera recuerdo cómo empecé a hablar con ella. Probablemente le abordaría con alguna excusa, porque de lo contrario no lo entiendo. La cuestión es que nos encontramos hablando, sin demasiado énfasis, sobre la música que sonaba, sobre “lo buenos que eran los Foo”, y “el asco que daba el último disco de Lori Meyers”.

A fuerza de muchas cervezas, al final, la conversación fluyó, más por el interés mutuo de que lo hiciera que porque estuviéramos realmente divirtiéndonos. No quería moverme del sitio donde nos habíamos presentado y donde llevábamos lo que parecía media noche, me daba miedo que ir al servicio o a saludar a mis amigos la hiciera desaparecer. Ella parecía de la misma opinión, así que todo iba genial. Aun así nuestro lenguaje corporal seguía a la defensiva, no nos mirábamos demasiado, estábamos alejados y ni se nos ocurría tocarnos. Estaba convencido de que yo no iba a hacer nada para que eso cambiara. Sentía mi cuerpo demasiado congelado y, a no ser que fuera ella la que diera el primer paso, nos volveríamos a casa sin más.“De vez en cuando mira hacia arriba, entre el pelo alborotado, con una sonrisilla”.

Las ganas de cogerla del pelo aumentan, mi pie agarra imaginariamente el suelo con los dedos una y otra vez. Su boca, su saliva, su lengua… y yo no hago más que suspirar. De vez en cuando mira hacia arriba, entre el pelo alborotado, con una sonrisilla. Y en esos momento solo quiero que suba y me folle, pero ella continúa a lo suyo, y yo estoy muy lejos de tener fuerzas para hacer algo más que dejarme llevar. Tiene todo mi placer en su boca y sus manos y lo sabe. Aumenta el ritmo y sé perfectamente dónde me va a llevar eso. Suelto un gemido involuntario.

Era de esperar que después de tanto tiempo ella hiciera algo. Cuando me tocó el brazo mi primera reacción fue salir huyendo. Pensaba dónde me había metido. Pero sonaba Re-Wired de Kasabian y  poco a poco me relajé, la cerveza me ayudaba a llevar mejor la situación.

La miré a los ojos, pareció la primera vez que lo hacía, y vi perfectamente cual era su intención. La besé y todo fue mucho más fácil, más familiar. Resultó que era como estar con cualquier otra chica, sólo que apenas sabía su nombre, qué hacía con su vida o si me podría pegar algo. El siguiente paso era sencillo, su casa estaba a 15 minutos andando. Por el camino me contó que era de Segovia, que estudiaba Marketing en una universidad pija y que había acabado en aquel bar de Alonso Martínez casi por casualidad. Por alguna extraña razón retuve esos datos.

Ya en su habitación poco quedaba por hacer. Yo ya llevaba un rato pensando que quería que ella hiciera. Tampoco se hizo mucho de rogar. En el momento en que ella bajó, que ya casi lo había conseguido, me subieron todos los nervios a la cabeza. El corazón me bombeó más fuerte de lo normal y sentí como me ardían las orejas. Cuando ella se metió mi pene en la boca me mató de dolor. Cada movimiento que hacía era más doloroso. Por último, mi borrachera volvió de repente y mis ganas de vomitar aumentaron. Era casi imposible concentrarme en nada. Necesitaba aire, necesitaba salir corriendo. Suavemente la cogí de la barbilla y la aparté, me miró desde el suelo con cara de no comprender nada. Mi erección no estaba ni siquiera a medio. Apenas me disculpé, me subí los pantalones y salí por la puerta. Por suerte no tenía su número, de lo contrario al llegar a casa la hubiera llamado.

Lo ideal sería que parara y pudiéramos disfrutar los dos. Aunque en realidad lo ideal para mí es lo que está haciendo ahora mismo. No quiero, en absoluto, que pare y le agarro con fuerza el brazo. Ella sabe qué significa eso y le pone un poco más de empeño si cabe. Estoy a punto y lo único que puedo hacer es mirar al vacío. Y por fin lo consigo, mi semen cae en mis manos, caliente y pegajoso. Estoy solo, a oscuras, en mi habitación, una vez más mi imaginación no me ha fallado. Son las 7 de la mañana del viernes. Al final no ha sido una noche tan mala.