"Estaba muy excitada sexual y emocionalmente, había sentido una sacudida muy fuerte por dentro y enseguida correspondió a ese beso. No tardó en tener una mano debajo de su falda".


No era usuaria habitual de la alta velocidad española, pero siempre que podía viajaba en tren. A partir de ahora tendría que incorporarlo a su rutina casi semanal, ya que el ascenso  implicaba viajar aproximadamente cada 15 días a Sevilla para trabajar conjuntamente con la sede de la empresa en Andalucía.

Se acomodó en su asiento unos diez minutos antes de que zarpara el tren, se ajustó los auriculares para ir escuchando su emisora de radio favorita y  no le costó nada quedarse medio adormilada, era demasiado pronto para cualquier otra cosa y había muy poca gente en el vagón.

Despertó a la media hora con la “doncella de hierro” dentro de su cabeza y medio tarareando la canción se sintió observada por el pasajero que tenía enfrente. Se irguió en el sillón y se bajó inmediatamente la falda que había quedado muy por encima de su posición original. Él, educadamente desvió la mirada hacia la ventanilla, ella miró también, parecía que el nublado cielo de Madrid iba quedando atrás cuando sus miradas de cruzaron de  nuevo.

-Cantas muy bien- dijo él, riendo.

Diana se sintió un poco avergonzada, la primera vez en su vida que no viajaba en “turista” y ya había dado el espectáculo. Miró a su alrededor y el vagón ya iba medio lleno. En los asientos del otro lado había 3 chicas que no le quitaban ojo ni a ella ni al chico. “¿Y éstas qué miran?”. Intentó hacer una gracia para salir del paso:

-Bueno, ¿si fueras juez en un programa de esos de la tele, pasaría de ronda?-dijo ella.

Él se quedó un poco perplejo al principio, y luego contestó siguiéndola el rollo:

-No sé, con lo poco que he escuchado… quizá si escuchara algo más…

Ella asintió con la cabeza mientras lo miraba, “vaya, qué tío tan guapo”.

-Y además, cantas en inglés -prosiguió él- ¿qué música estabas escuchando?- dijo, con un suave acento andaluz.

-Iron Maiden.

-¡Ay, rockerilla!

Diana sonrió entonces:

-¿Te gusta?

-Hombre, no es mi estilo precisamente…- dijo él, volviendo de nuevo la mirada hacia el cristal.

“Parece tímido”, pensó ella. -¿y cuál es tu estilo?

-Pues…algo menos “contundente”- dijo riéndose.

-¿Pero te gusta la música en inglés? -insistió ella, poniéndose seria.

-Me da que tú eres de esas que piensa que a los andaluces sólo nos gusta el flamenquito y esas cosas, ¿no?

-Hombre en Sevilla… seguro que muchos hay- dijo ella, cayendo en la cuenta de su metedura de pata.

-Pero es que yo no soy de Sevilla… y si no fueras tan lista te recomendaría un bar donde escuchar música que igual sí es de tu agrado. Doy por hecho que vas a Sevilla, ¿no?

-Sí, esto, eh… claro.- dijo ella dándose cuenta de que el tren paraba en más ciudades.

Las chicas de los asientos de enfrente seguían mirando.

-Yo también.

-La verdad que me vendría muy bien que me recomendaras algún sitio donde ir, ya que no conozco nada. Aunque el bar será para otra ocasión ya que esta misma noche tengo que volver a Madrid.

-¡No me digas que no conoces Sevilla!- dijo él extrañado.

-No, ¿tan extraño es? – ella sintió como si le faltara algo que todo el mundo tuviera.

-No sé, es una ciudad muy típica de visitar.

-Yo es que he sido más de Toledo, Segovia… ya sabes- dijo ella excusándose con una sonrisa.

Se irguió en el sillón y se bajó inmediatamente la falda que había quedado muy por encima de su posición originalCada vez que ella sonreía a él le brillaban los ojos; eran claros, de un verde grisáceo que recordaba a las fotografías de esos lagos tan maravillosos que sólo había visto en las revistas de viajes. Ella se humedeció los labios y se acarició instintivamente los rizos.

Le pareció tan deseable, que por un momento fantaseó con levantarse tras él hacia el baño y follárselo allí mismo, empotrarle contra la frágil pared en movimiento. Esa era la palabra, quería empotrarlo allí mismo, empujarlo… espera, quizá fuera mejor que la empotrara a ella. Sí, mejor así, tratándose de un baño público. Mejor que la embistiera contra la pared y cogiera en vilo una de sus piernas mientras la penetraba a 300km/h.

Cogió el móvil para distraer la excitación y que él no descubriera las sonrosadas mejillas que seguro tenía, de lo que sí tenía la certeza de tener sonrosado e hinchado era el sexo. Movió un muslo contra el otro y noto como la humedad desbordaba el tanga y uncía la fina piel. Echó un ojo a las redes sociales para ver que es lo que se cocía por Sevilla y no tardó en encontrar a su compañero de viaje. Cuando al salir del baño le pararon dos chicas para hacerse una foto lo comprendió todo.

“Ay la leche, vaya con la música española” pensó ella, comprendiendo así las miradas de las chicas de al lado, que la estaban fulminando como rayos.

before_sunset

-Bueno, ¿entonces quieres que te enseñe las cosas más bonitas que tiene Sevilla? Te aseguro que no son las que todo el mundo se piensa…- dijo él al volver.

-Acabo de caer en la cuenta de quién eres- dijo ella muy seria.

Él hizo una mueca como queriendo decir algo, pero se quedó callado.

-Es que apenas veo la tele- dijo ella, sintiendo que tenía que darle explicaciones.

-Madre mía, chicas como tú deben quedar pocas…

Siguieron conversando y Diana aceptó la invitación a conocer algunas cosas de la ciudad. Él no prestaba mucha atención a su saturado teléfono así que acordaron encontrarse en una cafetería a las dos en punto de la tarde. Ella estaba convencida de que no se presentaría, que no sería más que un guapo disfrazado de tímido haciendo alarde de su popularidad y buena planta para vender un disco más. Eran ya las dos menos cinco y tenía hambre, en el fondo no era mala idea que la hubiera citado allí, la carta no tenía mala pinta y era un buen sitio para comer sola y luego darse una vuelta hasta que tuviera que coger el tren de vuelta.

Volvió a humedecer su ropa interior con la misma velocidad con que se le quitó el hambre cuando le vio cruzando el semáforo de la calle de enfrente. Llevaba una camisa vaquera y pantalones oscuros y el pelo medio ondulado acompañaba los pasos que volvían a juntarles.

Ahora le parecía otra persona totalmente diferente, le parecía un chico corriente al que le apetecía conocer. Físicamente le había gustado mucho, y la primera conversación que habían tenido en el tren no le había dejado mala impresión, estaba ya muy harta de cabezas huecas.

Empezaron tomando un vino en ese mismo bar y quizá por los nervios de ambos fue más de uno los que se tomaron, cuando salieron a la calle entre risas decidieron tomar el aire en el parque  que había justo enfrente. Se sentaron en un banco y él se acercó mientras la apartaba un mechón de rizos que caía justo encima de su nariz. La besó. Diana creía estar viviendo un sueño.

Era la primera vez que se encontraban aquellos cuerpos pero parecía que habían encajado a la perfecciónEstaba muy excitada sexual y emocionalmente, había sentido una sacudida muy fuerte por dentro y enseguida correspondió a ese beso. No tardó en tener una mano debajo de su falda abriéndose paso con uno de sus dedos por dentro del mojado tanga, ella hizo lo propio por encima de sus pantalones, introduciendo hábilmente la mano por la bragueta.

Inevitablemente, acabaron en el hotel donde él se alojaba, la subida en el ascensor se hizo eterna ya que no iban solos, y nada más cruzar el umbral de la puerta él la cogió en brazos y la empotró contra la pared. Ahora sí. Se apretó fuertemente contra ella que cerró las piernas en torno a su cintura y se rozó aposta contra su entrepierna.

Le excitaba mucho descubrir la parte sexual de un chico tan aparentemente angelical, pero que no dejaba de susurrarle al oído cosas sucias. Sin soltarla se tendieron en la cama y solo se despegaron para quitarse la ropa mutuamente, aprisa, como si la habitación fuera a prenderse de fuego cuando terminaran. La besó por los brazos, por los pechos, lamió ambos pezones sin ninguna prisa y descendió besando el bajo vientre hasta su sexo.

Ella no había perdido la oportunidad de contemplarlo desnudo y ardía en deseos de complacerlo a él también, quería ese miembro dentro cuanto antes. Pero mientras se dejó hacer. Él agitó su lengua hasta que la miel de Diana le cayó por debajo de la boca, la corta barba impedía que fuera más abajo pero ella quiso corresponderle lamiéndole  la barbilla y terminando con un beso de lo más húmedo.

Se fue de nuevo acercando a su cuerpo y, asiendo el miembro ya con las manos para poder apreciar su dureza y humedad, empezó a moverse en torno a él y pronto se lo metió en la boca mientras él se tumbaba y agarraba su pelo, ella apartó su cabeza y echó el pelo hacia un lado para tener el control, él quiso volver a sujetarla, parecía que los dos querían tener la voz cantante.

No tardó en darse por vencido por la forma en que ella lo devoraba, se la metía entera en la boca e iba dejándola libre muy poco a poco, se estaba volviendo loco así que le pidió que parara porque si no se correría de inmediato. Diana se tumbó a su altura y empezaron a dar vueltas entre las sábanas, como si todavía no se hubieran revuelto lo suficiente, los dos querían mandar pero al final la fuerza de él doblegó a la testarudez de Diana y sujetando sus muñecas por encima de la cabeza con una mano, la beso mientras la penetraba por fin.

Era la primera vez que se encontraban aquellos cuerpos pero parecía que habían encajado a la perfección, adaptaron sus ritmos sin problema. El miembro era grande y podía notarlo entrar y salir con apremio cada vez que él empujaba las caderas contra ella, dejándola clavada en el colchón. Se sintió aplastada, atravesada, follada y realmente complacida, aunque no quería terminar así.

Presionó sus hombros para quitárselo de encima y se tumbó a horcajadas sobre él mientras se introducía el miembro de nuevo. Quería mirarlo a la cara desde su posición de poder, encima de él, mientras movía su cintura en torno a sus caderas, él estaba relajado y con la cara absorta de placer.

La tenía agarrada por las caderas, era curioso como él no quería perder nunca el contacto físico con ella. A pesar de que era la primera vez que se acostaban lo sintió más cercano que otros amantes, ese contacto físico constante hacía que la chispa eléctrica que se había desatado no cesara en ningún momento. Él la avisó de que ya no podía más, que el orgasmo era inminente, así que para no perder el contacto con él, apoyó una mano en su cadera y con la otra se metió el miembro en la boca. Lamió sus propios jugos y dejó que él terminara dentro. Tras el gemido del éxtasis dejó escapar un largo suspiro.

-¿Y ahora qué?- dijo ella.

-Ahora tendré que escribirte una canción.