Pronto el cuello de Diana estuvo mojado, pero no por la lluvia sino por la espesa saliva que iba dejando como rastro una lengua inquieta. Cuando las manos bajaron de los duros pezones a las caderas, la lengua tomó el relevo de las manos y fue directa a los pezones.


Mucho había tardado en consentir que la invitara a una entrada en la zona VIP en el concierto que iba a ofrecer en Madrid, había aceptado siempre y cuando hubiera dos entradas más para sus amigos Iván y Estela. Se hubiera muerto de vergüenza rodeada de gente conocida pero a quien realmente no conocía de nada, se hubiera sentido fuera de lugar… pero estando acompañada era otra cosa. Había dejado de sentirse extraña mirando a toda esa gente que coreaba el nombre de ¿su chico? Y con la que no se sentía nada identificada, en cambio sentía que tenía una especie de unión trascendental con todos ellos.

Cuando terminó el concierto dejó a sus amigos tomando algo y se acercó al camerino, él la estaba esperando, exhausto y rebosante de alegría por la cantidad de energía que acababa de derrochar  en el escenario. Besó a Diana y la abrazó con lágrimas en los ojos, estaba compartiendo su alegría con ella y por primera vez en mucho tiempo se sintió parte de esa felicidad, ese nudo que tenía en el estómago cada vez que le veía se había vuelto agradable, había aprendido a vivir con esa sensación de tener un agujero negro en el estómago y había decidido que ese agujero era cómodo, que no le molestaba e incluso a veces la empujaba a tomar decisiones de lo más acertado.

Una vez calados se tendieron sobre la hierba mojada, ya nada importaba, lo ropa estaba empapada y ellos tan llenos de esa euforia que otorga los primeros mesesSe vio rodeada por unos brazos temblorosos. La adrenalina conducía salvajemente su bólido por el circuito arterial, poniéndole el vello de los brazos de punta, las pupilas tan dilatadas que otorgaban a sus ojos un brillo especial, cristalino, acuoso, y una tembladera corporal que le transmitió a  ella cuando apretó la pelvis contra la suya e hizo que su culo se apretujara contra el sofá. La forma que tenía de atraparla con la cadera era una de las cosas que más le gustaba de él, era un movimiento espontáneo, se inclinaba hacia ella de forma que los huesos de la cadera encajaban de forma imperfecta, pero con la atracción propia de los imanes hacia ciertos metales.

Lo había hecho el primer día, y lo hizo también el día que se dejaron llevar por el instinto sobre la hierba de aquel parque, transitado como un centro comercial en rebajas, hasta que la incipiente lluvia casi primaveral los empapó e hizo que la mayoría de los que allí estaban huyeran a los chiringuitos más cercanos. Una vez calados se tendieron sobre la hierba mojada, ya nada importaba, lo ropa estaba empapada y ellos tan llenos de esa euforia que otorga los primeros meses de relación, que cuando todavía caían las últimas gotas ya estaban devorándose con la boca.

Pronto el cuello de Diana estuvo mojado, pero no por la lluvia sino por la espesa saliva que iba dejando como rastro una lengua inquieta. Cuando las manos bajaron de los duros pezones a las caderas, la lengua tomó el relevo de las manos y fue directa a los pezones, oscuros y tiesos por el escalofrío de la lluvia y la excitación. El mordisco que se llevaron no fue para menos y entonces él se encaramó por sus piernas en un rápido movimiento y se puso encima de ella apretando con su pelvis hacia abajo haciendo que ella doblara las rodillas y se encajara con él.

Comenzó entonces a moverse sobre ella trazando círculos con la cadera y ella acompañándole con el obligado movimiento de vaivén. Encontró entonces un punto de placer en intentar quedarse rígida y sentir así como la polla crecía y crecía y luchaba por zafarse de los pantalones, rozándose contra ella. Cambió entonces su movimiento por uno de empuje hacia ella, como si la estuviera penetrando allí mismo, Diana sentía su sexo latir como un corazón, sentía hasta dolor cuando él se separó ligeramente de ella y sin despegar la boca de su mojada piel y lo que quedaba de tela sobre ella, bajó hasta juntar sus labios con el sexo resplandeciente que pedía a gritos un poco más de atención.

La mordió por encima de las bragas antes de bajárselas hasta uno de sus tobillos y fue entonces cuando la devoróLa mordió por encima de las bragas antes de bajárselas hasta uno de sus tobillos y fue entonces cuando  la devoró. -¡Fóllame ya!- decía ella. -No-. Y bebió de ella hasta que las contracciones de sus muslos le anunciaron la llegada del orgasmo, fue entonces cuando liberó su miembro y cogiéndolo con su mano se lo metió de un solo movimiento. Se movió firme sobre ella, saciada por fin con su objetivo conseguido, cerró los ojos y se dejó ir.

Él embestía, lento pero seguro, despreocupado por los posibles mirones que pudiera haber a su alrededor, sintiendo en su miembro cada centímetro que ponía en contacto con ella. Estaba muy excitado y se estaba moviendo con tanta energía que pronto se correría, así que sin que ella saliera, la tomó por la cintura y la colocó sobre él sintiendo entonces la espalda sobre el suelo mojado. Se dejó cabalgar, Diana tenía dotes de amazona, no perdía nunca la rienda y sabía controlar desde arriba, no perdió el control ni siquiera cuando se corrió y se amarró fuertemente a él agarrándolo a tirones del pelo, se frotó contra su pubis hasta que chorreó entera por el muslo.

Se tumbó entonces sobre ella y la penetró despacio, besándola sin parar, hasta que las primeras gotas anunciaron su orgasmo, y se puso en cuclillas sobre ella para que se introdujera el miembro en la boca, ella se inclinó para recibirlo, caliente y con el  dulce sabor de sus jugos, lo lamió hasta donde pudo, no más allá de la mitad, y dejó que terminara dentro de su boca.