Él clavó su mirada en la puerta sin mover la lengua de donde estaba y seguidamente la miró haciéndole entender que no iba a parar, es más, aumentó el ritmo, apretó las manos sujetando fuertemente las piernas y ella emitió un pequeño gemido.


Diana no paraba de besarle, él seguía apretado contra ella, estaba aprisionada contra el sofá. Abrió las piernas para que él se apoyara y en vez de eso se apartó.

-Tengo un hambre voraz…- dijo él.

-Bueno, si no tienes compromisos podemos salir a cenar.

-Tengo demasiada. Necesito “picar” algo ahora, bueno más bien, llevarme algo a la boca.

Metió las manos debajo de su falda y le bajó las bragas hasta los tobillos.

-¡¿Pero qué haces?! La puerta está medio abierta…-dijo ella nerviosa.

Él tenía las manos grandes, suaves pero con dedos largos y finos. Terminó de quitárselas y se levantó para cerrar la puerta suavemente. Se acercó de nuevo hasta ella mirándola fijamente, se arrodilló ante sus pies y levantó la falda para comenzar a rondarle el sexo con dos de sus dedos. La humedad se fue acentuando y pronto una gota empezó a deslizarse por el muslo, él estaba tan cerca que la recogió con su lengua y la pasó de abajo a arriba para terminar dando un par de vueltas alrededor de su clítoris. Ella se estremeció. Metió dos dedos en su interior y con el pulgar empapado acariciaba el gran objetivo. Lo hacía despacio, conocía su sensibilidad y ella iba abriendo las piernas poco a poco. La estaba preparando  para lo que venía después. Él tenía las manos grandes, suaves pero con dedos largos y finos. Dedos de pianista que se solía decir, era todo un acierto ya que sabía exactamente qué tecla tocar, estaba componiendo una melodía perfecta dentro de ella. Movía en círculos sus dedos mientras la otra mano subía y bajaba por uno de sus muslos, cada vez se acercaba más a la parte interior, la más  delicada, la más sensible. Ella ya había cerrado los ojos y se estaba dejando llevar cuando él paró y se puso de pie frente a ella que no perdió tiempo y llevó sus manos a la bragueta tocando la dureza que había en su interior.

-No, no, déjame hacer.

-¿Por qué? -ella le besó.

A pesar del dolor y la tensión que había dentro de sus pantalones quería darse por completo a ella, la cogió en brazos y la subió sobre su hombro como si fuera un saco.

-¡Au!- exclamó ella cuando la soltó un azote en su desnuda nalga.

La sentó en el sofá y arrodillándose de nuevo frente a ella tiró de sus piernas hacia delante mientras las abría y colocaba un cojín en su zona lumbar. Quería que disfrutara y además estuviera cómoda.

Mientras acariciaba sus gemelos iba besando suavemente los muslos de Diana, separando sus piernas poco a poco con la cabezaRemangó su falda hasta que toda la tela reposó arrugada bajo el ombligo. Mientras acariciaba sus gemelos iba besando suavemente los muslos de Diana, separando sus piernas poco a poco con la cabeza. Cuando llegó al sexo lo besó también, no le importaba que tuviera vello aunque ese día estaba completamente depilada. La saliva que escurría por el borde de sus labios lubricaba la gruesa capa exterior, envolvió esos carnosos labios dentro de los suyos y se fue separando de ellos poco a poco. Ayudado de una mano esta vez, separó la carne para lamer los finos labios del interior, los pellizcaba con delicadeza y los recorrió con la punta de la lengua primero por fuera y después por dentro los dos a la vez. El clítoris ya estaba más que despierto cuando llegó a él. Ella jadeaba y goterones de sudor caían por su sien, clavaba las uñas en los cojines laterales e instintivamente movía la pelvis pidiendo más.

Un ruido la paralizó de forma brusca. El picaporte de la puerta estaba medio girado, había alguien al otro lado y no estaba echado el pestillo. Él clavó su mirada en la puerta sin mover la lengua de donde estaba y seguidamente la miró  haciéndole entender que no iba a parar, es más, aumentó el ritmo, apretó las manos sujetando fuertemente las piernas y ella emitió un pequeño gemido a pesar de la incomodidad del momento. En realidad era excitante que los pudieran sorprender, sintió una descarga de adrenalina recorriendo todo su interior. El que estuviera al otro lado de la puerta parecía haberse quedado pegado con su mano al picaporte, que seguía en la misma posición, estático, aunque girado completamente. Con la cabeza apuntando hacia la puerta, asustada, pero más excitada aún si cabe por el miedo a ser descubiertos así, Diana empezó a emitir gemidos cada vez más sonoros, el orgasmo estaba ahí mismo. Esa lengua se movía hábilmente, con la presión justa para producir placer sin incomodarla. Ahogó un grito cuando la puerta por fin se movió, se abrió unos centímetros para cerrarse de golpe mientras ella se corría.