Me preguntaba desde cuándo la vida se había vuelto cíclica. Allí mismo, inmersa en mi bucle, me vislumbré desnuda, llena de piel, que escondía algún que otro arañazo (invisible, por dentro).


Aún no, espera, falta poco. Las ganas de apretarse, maullaban al silencio cubierto de escamas. Las lágrimas sin fallar al viento, retenían el letargo de las letras. La angustia por dentro, por descubrir un mundo nuevo, abierto al océano y a la vida.

Los puños en la lucha,  jugaban con el letargo y  con las ganas de saltar al vacío (maravilloso vacío).

Escondida entre los árboles de las sábanas, sucumbía al aburrimiento del tiempo arrugado.

La culpa es del café, hace tiempo que debí dejarlo. Como tantas otras cosas.El ansia se paralizaba por el miedo (a asistir)  al tren de los recuerdos. El bloqueo es traicionero cuando se trata de sudar la pena y salir adelante.

Me levanté de la cama por fotogramas, con un corazón ortopédico que un tiempo se sintió libre.

Pensaba que quizá, tal vez la mañana podría rebatirle a la noche sus ganas y su centro de gravedad para salir de sus propias entrañas. Salir, sin pensar mucho, sintiendo tus propios gritos mudos.

Me preguntaba desde cuándo la vida se había vuelto cíclica. Allí mismo, inmersa en mi bucle, me vislumbré desnuda, llena de piel, que escondía algún que otro arañazo (invisible, por dentro).

La prisa de la rutina me impedía correr.

Ahogo, vacío, salto.

El olor a humanidad, inhumano en el trato.

El ruido de la civilización y de los mundos adversos y diversos de aquel vecindario.

Desayuno en la cocina y un revuelto de cuchillos martilleando el estómago.

La culpa es del café,  hace tiempo que debí dejarlo.  Como tantas otras cosas.

Las vueltas del tren.

El freno de mano y las lagañas.

La mañana.

Y, esta vez, un comienzo.