El asco es uno de los principales impedimentos para gozar de nuestras actividades eróticas. Además, sobre él se construyen muchas actitudes y normas culturales de efectos tremendamente nocivos.


 Cuando desarrollaba sus teorías sobre la evolución y el origen de las especies, Charles Darwin descubrió que había una serie de emociones que eran fáciles de identificar, tanto en las personas como en muchos animales, por las expresiones faciales que suscitaban (The Expression of Emotions in Man and Animals, Charles Darwin). A estas seis emociones se les denomina “emociones darwinianas” y son la alegría, la tristeza, el asco, la ira, el miedo y la sorpresa.

Las emociones se basan en mecanismos muy primitivos que hacen que los animales se sientan atraídos por ciertos estímulos (comida y sexo) y repelidos por otros (sustancias tóxicas, rivales y predadores). El primer tipo de estímulos provoca sensaciones positivas como la alegría, mientras que el segundo provoca emociones negativas como el asco y el miedo.

En particular, el asco es una emoción primordial cuya función es la de evitar que ingiramos sustancias que pueden hacernos daño, como las heces o la comida putrefacta. Sin embargo, todos sabemos que el asco juega un papel importante en el sexo. Esto también tiene como función proteger nuestra salud, ya que el acto sexual es un vehículo importante de contagio de enfermedades.

Precisamente por eso, el asco suele aparecer al principio de una relación y disminuir conforme va aumentando nuestra intimidad y familiaridad con el cuerpo de la otra persona. Por lo tanto, conviene dejarnos aconsejar un poco por el asco y tener cuidado con encuentros sexuales con desconocidos y usar métodos de prevención de enfermedades de transmisión sexual.

El asco suele aparecer al principio de una relación y disminuir conforme va aumentando nuestra intimidadPero el problema suele ser que el asco es uno de los principales impedimentos para gozar de nuestras actividades eróticas. Además, sobre esta emoción ancestral se construyen muchas actitudes y normas culturales de efectos tremendamente nocivos. Por lo tanto es importante saber tomar control sobre el asco, no sólo para gozar del sexo sino también para desmontar en nuestro interior esos esquemas culturales que nos hacen ver a nuestro cuerpo de forma negativa.

Debemos tomar consciencia de que el asco no es sólo un reacción innata, sino también construida socialmente desde nuestra más tierna infancia. Un hecho al que no se le presta la debida atención es que el descubrimiento del sexo por parte de los jóvenes consiste en gran medida en superar esos sentimientos de asco hacia el propio cuerpo y el de los demás.

En el sexo, el asco no es ni inevitable ni bueno. ¿Cómo podemos aprender a superar el asco? Debemos empezar por tomar consciencia de los distintos factores en los que se basa ese asco. Los órganos sexuales se encuentran en el mismo sitio de donde salen la orina y los excrementos, una de las fuentes principales del asco.

El sexo, en principio, huele mal y produce una serie de secreciones viscosas (flujo, semen) que por su aspecto y su tacto invitan al rechazo. Como el asco se refiere más directamente a la ingestión, no es de extrañar que el sexo oral sea el que genere más problemas en ese sentido.

Encima, todo esto deja una secuela cultural en expresiones como “hacer guarradas” o “guarra”. Para vencer al asco debemos empezar por aprender a apreciar la belleza de lo viviente. El cuerpo humano es algo maravilloso, donde cada molécula desempeña una función delicadamente orquestada con el resto del organismo. El flujo, el semen, la sangre menstrual no son sucios, sino el resultado del mismo fenómeno vital en el que se basa el deseo y la belleza del cuerpo.

Debemos aceptar el cuerpo humano tal y como esDebemos aceptar el cuerpo humano tal y como es, no la imagen limpia y estereotipada que nos presentan los anuncios. Con el tiempo empezaremos a asociar la parte húmeda y viscosa del sexo con el placer y el juego, y con eso conseguiremos que el asco pierda terreno. Es importante no tener miedo de hablar claramente de lo que sentimos y aceptarlo tanto en nosotros mismos como en nuestra pareja.

La asociación del sexo con el asco tiene repercusiones tremendamente importantes en la cultura y la sociedad. Por ejemplo, un componente importante de la misoginia es el rechazo a la mujer como el “género sucio”. Los órganos sexuales de la mujer están dentro del cuerpo, donde no pueden ser inspeccionados y lavados tan fácilmente como el pene del hombre.

la emoción del asco

La mujer también produce secreciones que se nos antojan como desagradables, como el flujo o la sangre menstrual. Esta visión del cuerpo femenino como algo asqueroso se infiltra en el inconsciente, desde donde puede hacer mucho daño a la autoestima de la mujer.

Debemos tener en cuenta que el asco es el cimiento en el que se basa otra emoción únicamente humana: el desprecio. El ver a nuestro cuerpo como algo asqueroso es el principio del hilo que acaba por descoser nuestra autoestima. Otro hecho importante es que la mujer retiene en su vagina el semen del hombre, lo que ha dado lugar a toda una imaginería de mujeres “ensuciadas” por el contacto sexual con múltiples hombres (o incluso uno sólo).

El asco es el cimiento en el que se basa otra emoción únicamente humana: el desprecioEstas especulaciones mías quizá expliquen por qué el rechazo al sexo y el rechazo a la mujer van tan a menudo de la mano. Esto es particularmente cierto en las religiones, que visten a ese asco primordial de un aura espiritual y nos enseñan a asociar la limpieza, la pureza, la castidad y la virginidad con la inocencia, el vernos exentos de culpa y de vergüenza y por lo tanto dignos de presentarnos ante Dios. Al parecer, Dios también tiene un cierto problema con el asco.

La búsqueda de la pureza corre muy profunda por las venas de nuestra cultura occidental, alimentando no sólo la misoginia sino todo tipo de reflejos xenófobos y racistas. La estética del fascismo y el nazismo está saturada de esta búsqueda de la limpieza: en los uniformes planchados y almidonados; en las caras masculinas bien afeitadas; en el pelo corto y engominado de los hombres y los moños de las mujeres, y en la arquitectura rectilínea a base de mármoles y granitos claros.

Por ejemplo, en la película The Wall de Pink Floyd, el protagonista, Pink, se afeita todo el cuerpo al sufrir un acceso de locura que lo convierte en un neonazi. Porque el vello corporal es otro atributo considerado sucio por los paladines del puritanismo. La relación del asco con las actitudes que subyacen a las ideologías políticas ha sido confirmada por un reciente estudio científico publicado en la revista Current Biology. En él se demuestra que los conservadores tienen un sentido del asco más desarrollado que los progresistas.

En el peor de los casos, aquellos que han querido sembrar el odio han cultivado cuidadosamente el asco como base al desprecio de quien no pertenece a nuestro grupo, con efectos devastadores. Así, la propaganda nazi presentaba a los judíos como seres subhumanos, feos y de costumbres repugnantes.

En el racismo se rechaza a las personas con piel oscura porque parece que están sucias, manchadas de un barro que no se puede eliminar porque lo llevan en la sangre. Esta “suciedad” racial se transmite por vía genética, de tal forma que unos pocos genes “negros” excluyen a una persona del área de privilegio de los blancos.

Estas especulaciones mías quizá expliquen por qué el rechazo al sexo y el rechazo a la mujer van tan a menudo de la manoEl racismo norteamericano se basa en representar al negro como un ser inherentemente sucio, que contamina lo que toca. Por eso se hacía que los negros bebieran en sus propias fuentes, no fueran a dejar sus babas en las fuentes de los blancos, y que se sentaran en sus asientos en la parte de atrás del autobús, no fueran sus negros traseros a contaminar los traseros puros de los blancos. Y, por supuesto, lo que era absolutamente inadmisible era que un hombre negro cortejara a una mujer blanca, que quedaría así manchada para siempre.

Por el contrario, que un blanco se tirara a una negra no estaba mal, pues ella ya estaba sucia y el contacto con el blanco en todo caso la purificaría. Pero el asco como base al desprecio surge de muchas otras formas en nuestra vida cotidiana.

Despreciamos a los mendigos porque van sucios y huelen mal: nos inspiran asco. El rechazo al enfermo, el miedo al contagio, se remonta a la antigüedad más remota. Lo mismo se puede decir de las amputaciones, las cicatrices y todo aquello que aleje al cuerpo humano de la normativa de lo sano. En el artículo de mi blog Amor a la pata coja, describo mi relación con una amante con la pierna izquierda amputada.

Es curioso cómo una emoción tan primitiva como el asco está en la base de temas tan cruciales como el rechazo al sexo, la misoginia, el racismo y el conservadurismo. Comprender nuestro asco nos puede ayudar a vivir una vida más feliz y a derribar muchos perjuicios.