¿Podremos volver algún día a nuestra original inocencia sexual? Quizás sí. Las sociedades más avanzadas viven hoy en día una crisis masiva de la monogamia.


Desde el punto de vista biológico la sexualidad humana es completamente distinta a la del resto de los animales, ya que incluye múltiples facetas que son difíciles de explicar usando la “lógica evolutiva”. Este problema no es una mera curiosidad científica sino que tiene enormes repercusiones para comprender nuestros problemas de pareja.

Como todo el mundo sabe, el sexo sirve para reproducirse. Casi todas las especies animales tienen dos sexos que se aparean para producir prole. En los mamíferos, la hembra entra periódicamente en celo, señalando al macho que está ovulando con su comportamiento y con señales olorosas o visuales. Fuera del celo, ni la hembra admite copulaciones ni el macho se muestra interesado en realizarlas. Desde el punto de vista biológico esto es completamente lógico, ya que el cortejo y el coito son actos que requieren gastar una gran cantidad de energía.

Pero los seres humanos tenemos el sexo patas arriba…

  1. Las mujeres no tienen celo, sino que la ovulación está escondida de tal manera que ni siquiera ella misma sabe cuándo ocurre.
  2. La mujer puede realizar el acto sexual en cualquier momento de su ciclo, incluso cuando está menstruando, embarazada, lactando o cuidando de sus hijos. Recíprocamente, los hombres se sienten atraídos por las mujeres independientemente de su estado.
  3. Como consecuencia de esto, los seres humanos nos apareamos con muchísima más frecuencia de lo que sería necesario para procrear. Mientras que cualquier mamífero se aparea, como mucho, una docena de veces para producir un embarazo, los humanos nos apareamos cientos de veces por embarazo.
  4. Nuestros orgasmos son anormalmente intensos. Todos los mamíferos experimentan placer y orgasmos en el coito, pero no vocalizan y se convulsionan hasta quedar casi inconscientes como lo hacen las mujeres.
  5. Menopausia: Lejos de ser algo normal, la interrupción de la ovulación a una cierta edad es un fenómeno poco frecuente en los mamíferos. Aparte de los humanos, se da en los elefantes y determinadas especies de cetáceos. En las otras especies de mamíferos la hembra puede seguir quedándose preñada independientemente de su edad.
  6. Tenemos los órganos sexuales hipertrofiados. Es bien sabido que, relativo al tamaño del cuerpo, el pene de los hombres es el mayor de todas las especies de mamíferos. Lo que no se suele decir es que la vagina de la mujer también es correspondientemente grande. Y luego están las tetas… ¿Habéis notado que las perras y las gatas sólo tienen tetas cuando están embarazadas o lactando? Pues lo mismo les pasa a nuestras primas las chimpancés y las gorilas. Sólo las mujeres lucen esos pechos generosos durante una buena parte de su vida.
  7. Los seres humanos mostramos una gran variedad de conductas sexuales atípicas: fetichismos, sadomasoquismo, dominación-sumisión, bisexualidad y homosexualidad. Es cierto que la homosexualidad existe en muchas especies animales, pero parece ser más frecuente en los humanos. Practicamos el coito en distintas posturas y en modalidades manual, oral y anal, además de la vaginal.

Dado que la Teoría de la Evolución es la teoría que unifica toda la biología, es allí donde tendremos que buscar una explicación a nuestra extraña sexualidad. Dicha explicación deberá mostrarnos cómo toda esa lista de rarezas incrementa nuestra habilidad para sobrevivir y reproducirnos. Los intentos científicos de explicar nuestra sexualidad fueron hechos dentro de un campo muy controvertido que empezó llamándose “sociobiología”, pero que hoy en día ha pasado a llamarse “psicología evolutiva”.

Su narrativa es la siguiente… Los seres humanos somos una especie fundamentalmente monógama en la que un hombre y una mujer se aparean de por vida. El quedarse embarazada, dar pecho y cuidar de los hijos es algo enormemente caro y arriesgado para la mujer, por lo que ella intenta formar una pareja estable con un hombre que provea para ella y sus hijos. Por su lado, el interés del hombre consiste en que, si va a dedicar todo ese enorme esfuerzo en sacar adelante a los niños, tiene que asegurarse de que son suyos y de algún otro amante casual de su mujer.

Pero, si somos monógamos, ¿cómo explicar la prevalencia del adulterio en todas las sociedades conocidas? La psicología evolutiva señala que, de hecho, muchas especies de animales monógamas practican el engaño sexual porque existen estrategias alternativas a la fidelidad para pasar sus genes a la posteridad.

En los machos, una buena estrategia es impregnar a otra hembra y dejar que sea ella, sola o con su consorte cornudo, quien saque adelante a su prole. Las hembras, por su lado, se enfrentan al problema de que un macho dispuesto a quedarse a su lado y sacar adelante a los hijos puede no tener los mejores genes para hacerlos fuertes y sanos. Ese otro tipo tan alto y con los pectorales tan grandes parece tener mejor genoma, a pesar que se dedica a tirarse a toda hembra que se le acerque y no tiene la menor intención de cuidar de los niños.

Y así fue como llegamos a vivir en un mundo lleno de mujeriegos adúlteros y zorras que sólo buscan la pasta y están dispuesta a ponerte los cuernos con otro en cuanto vuelves la espalda. Y colorín, colorado, este cuento se ha acabado… y si no te ha gustado te aguantas porque la vida es así y la gente es muy mala.

Holy Man Jam, Boulder, CO  Aug. 1970

Pero existe otra narrativa. La proponen los antropólogos Christopher Ryan y Cacilda Jethá en el libro Sex at Dawn (publicado en español como En el principio era el sexo, editorial Paidós Transiciones; curiosamente, los autores viven en España). Según ellos, la clave para entender la sexualidad humana reside en el hecho de que en el entorno evolutivo no vivíamos en parejas, sino en tribus. Basándose en cómo viven las tribus de cazadores-recolectores que quedan en el mundo, Ryan y Jethá nos dicen que la forma de vida de esas tribus ancestrales consistía en compartirlo absolutamente todo, desde la comida hasta el sexo.

También se basan en las similitudes de la sexualidad humana con la de uno de nuestros parientes más cercanos: el bonobo. Los bonobos son unos monos antropoides que no fueron descubiertos hasta los años 70, ya que viven en el corazón de las selvas más inexpugnables del Congo. Al principio se pensó que no eran sino una variedad de chimpancés, por los que se les llamó “chimpancés pigmeos”, pero luego se vio que su comportamiento era radicalmente distinto al de los chimpancés. Porque resulta que los bonobos viven en una especie de orgía sexual continua.

Los chimpancés, por el contrario, son como el resto de los mamíferos: las hembras entran en celo y los machos de aparean con ellas sólo en ese momento. Pero los bonobos son como nosotros: las hembras no necesitan estar el celo para follar, lo hacen continuamente, y los machos no necesitan señales especiales para complacerlas. De hecho, como las mujeres, las hembras de bonobo tienen la ovulación escondida. Todavía hay más similitudes: la vulva de las bonobos está orientada hacia delante, de forma que pueden aparearse tanto por delante como por detrás. Practican el sexo manual, el sexo oral y muchos son bisexuales.

Los científicos enseguida encontraron la explicación para ese extraño comportamiento sexual: los bonobos follan para reducir el estrés y la agresividad, y así cimentar la cohesión social de la tropa. Mientras que los chimpancés forman sociedades jerárquicas dominadas por los machos más agresivos, en las que la agresión y guerras sangrientas entre tropas ocurren con bastante frecuencia, los bonobos tienen una estructura social igualitaria regentada por las hembras de mayor edad. Cuando dos tropas de chimpancés se encuentran, luchan; cuando dos tropas de bonobos se encuentran, follan.

Si todo eso tiene sentido con los bonobos, dicen Ryan y Jethá, ¿por qué no para los humanos? No somos monógamos por naturaleza, ¡somos promiscuos! O, utilizando una palabra menos negativa, poliamorosos. Eso explicaría nuestra extraña sexualidad. Las mujeres no tienen celo y están siempre listas para el sexo porque lo usan para establecer vínculos con todos los hombres de la tribu. Quién es el padre de los niños no tiene la menor importancia, porque se crían en común y, en definitiva, toda los miembros de la tribu están emparentados unos con otros.

¿Pero, no crearía esto endogamia? Por supuesto, por eso es que en cuanto la tribu ve a un forastero, en vez de matarlo lo invitan a follar. Y, si es una forastera, la invitan a unirse a la tribu. De ahí pueden provenir las tradiciones de hospitalidad comunes a todas las culturas del mundo. Nuestra obsesión con el sexo, nuestros orgasmos exagerados, nuestros penes, vaginas y tetas hipertrofiadas, nuestro fetichismo, nuestra latente bisexualidad … todo eso se debe a que el sexo ha sido durante cientos de miles de años el centro de nuestra vida social.

¿Y la menopausia? Las especies de mamíferos (elefantes, cetáceos) que tienen menopausia forma sociedades matriarcales. Se especula, entonces, que llegada una cierta edad tiene más sentido para la hembra dedicar su energía en cuidar a los hijos de sus hijas que en tener embarazos ella misma.

Además, en las sociedades humanas ancestrales seguramente ocurría que las viejas (y los viejos) eran las personas de mayor prestigio y los repositorios de la experiencia colectiva de la tribu. Dado lo arriesgado que es un embarazo para una mujer, quizás lo más adaptativo sea que la menopausia esterilice a las que llegan a sobrevivir hasta la vejez.

Si todo es tan bonito, ¿qué dios cruel nos convenció de dejar ese paraíso de poliamor? Según Ryan y Jethá, la culpa la tuvo la transición a la agricultura. Con ella vino la propiedad privada de la tierra, el ganado y los instrumentos de cultivo. Compartirlo todo dejó de ser el arreglo más conveniente: yo he sembrado este campo, yo lo he recogido y sólo compartiré el grano con los que me han ayudado.

La defensa de la propiedad hizo necesarias las armas, los soldados y los ejércitos. La sucesión hereditaria hizo que la paternidad de los hijos tuviera que establecerse sin lugar a duda. Las mujeres se convirtieron en instrumentos para hacer hijos, en objetos en propiedad, y su rica sexualidad tuvo que reprimirse.

¿Podremos volver algún día a nuestra original inocencia sexual? Quizás sí. Las sociedades más avanzadas viven hoy en día una crisis masiva de la monogamia. La tasa de divorcio sigue aumentando, y si algún día empieza a disminuir será porque la gente deje de casarse. El modelo predominante es la monogamia en serie. ¿Será el poliamor una moda pasajera, como el amor libre de los 60, o una vuelta a nuestros orígenes? El tiempo lo dirá.