Tardé mucho en comprender que las cosas buenas son tan escasas como queramos que sean. Ocurren con mucha frecuencia, pero no esperamos pequeños gestos y por eso los obviamos.


Nunca he creído en el famoso dicho de ‘lo bueno, si breve, dos veces bueno’. Realmente, ¿quién quiere que lo bueno sea breve, que dure menos que lo malo?

¿Tan triste es nuestra existencia que pensamos que no merecemos algo bueno y duradero? ¿Acaso la vida es una sucesión de cosas malas salpicadas de breves momentos buenos? Es deprimente esa visión. ¿Qué motivación tenemos para seguir luchando si solo lo hacemos por breves instantes de felicidad? ¿No sería más lógico luchar porque esa felicidad fuera lo más presente en nuestras vidas, y porque fueran los momentos malos los que si breves, dos veces mejor?

Quizá temamos que si esos momentos de felicidad se alargan no sepamos vivir sin ello en el momento que falten y huyamos en lugar de plantar cara a los malos ratos.

Me enseñaron a disfrutar de los buenos momentos, y a pesar de ello, durante muchos años un negativismo ensombreció cada buen recuerdo. Si tras un día genial había pasado una cosa desagradable, por pequeña que fuera, mi resumen del día es que había sido un desastre, daba igual que todo lo demás hubiera sido un sueño lleno de felicidad y unicornios estornudando arco iris, la más mínima piedra en el zapato agriaba el recuerdo de todo un día. Muy triste, lo sé. Pero supongo que me costó mucho aprender que no existen los días completamente perfectos, y que la perfección en sí es una utopía que de hecho no queremos alcanzar. Nos gusta quejarnos, poner pegas, culpar de nuestros fracasos a otros, fijarnos en esa piedra que se metió en el zapato en lugar de la gente que nos acompañaba entonces, dónde nos encontrábamos, cuán grande era nuestra sonrisa cuando eso pasó… No, solo sentimos esa pequeña piedra, casi diminuta, arruinando todo un día. Y lo hace, claro que lo hace, pero porque dejamos que pase, dejamos que entre y dejamos que tenga todo el protagonismo, en lugar de quitarnos el zapato, sacar la piedra y seguir nuestro camino. Sin piedra, no hay excusa.

Y al final son excusas lo que buscamos para no ser felices, para no reconocer que nos exponemos a una búsqueda constante de algo más, siempre algo más, y aplazamos esas risas para cuando logremos alcanzar la meta. Pero la meta cada vez parece más lejana, cada paso que damos nos acerca tanto como nos aleja, y el rostro se torna agriado porque no tenemos aquello que soñamos, porque pensamos que hemos hecho todo lo posible por lograrlo. Aunque no es así, no disfrutamos del viaje a la meta, corremos y corremos sin mirar alrededor, si algún compañero cae, si hay un trayecto mejor, si el camino es escarpado, si hay fisuras en el suelo… Corremos y corremos porque pensamos que no podremos esbozar esa gran sonrisa hasta que no lleguemos a la meta, esa que se vuelve inalcanzable a cada paso cegado. Y cuando algo bueno se atreve a suceder, la brevedad es lo único que le pedimos sólo para proseguir nuestro camino cuanto antes.

Tardé mucho en comprender que las cosas buenas son tan escasas como queramos que sean. Ocurren con mucha frecuencia, pero no esperamos pequeños gestos y por eso los obviamos, queremos fuegos artificiales, que alguien anuncie a bombo y platillo que lo que está ocurriendo es bueno, y si no es así seguimos corriendo sin darnos cuenta de lo que nos hemos perdido. Y cuantas más cosas malas nos pasan, más complicado resulta ver las buenas.

Es por eso por lo que debemos frenar, contemplar esa piedra que se nos clava dentro del zapato y apreciar su forma, sus colores, cómo pudo meterse, cómo evitar que vuelva a hacerlo, y una vez lo hayamos comprendido, deshacernos de ella mientras proseguimos el camino siendo un poco más sabios, habiendo aprendido algo de esa piedra y de lo que supuso para nosotros, encontrando el lado bueno a que ahora nos duela al apoyar, aunque sólo sea que no siempre nos dolerá.

No hace mucho empecé a sacar buenas lecciones de cuanto me pasaba, a reírme de los malos momentos, exprimir los buenos y buscar nuevas experiencias, aunque para ello tuve que perder mucho, deshacerme del lastre que evitaba que las comisuras de mis labios se elevaran, saltar al vacío sin red, sin garantías y dejar que la vida frenara mi caída.

Si algo me enseñó caer sin paracaídas fue que algo bueno, si breve, al menos pasó…