En nuestro sistema occidental, la figura masculina siempre ha sido la de la vida pública, la de la reputación y la imagen, y la de la afirmación de su dominación. Al final, todos estos elementos acaban apiñándose dentro de la polla de cada uno.


En mi anterior artículo traté de posicionarme en la polémica acerca del tamaño del pene y sus implicaciones, pero reflexionar sobre el tema me ha llevado a pensar que lo verdaderamente importante no es nuestra respuesta a la pregunta, sino el hecho de que el tamaño del pene sea tan cuestionado y pensado, que a todos nos obliguen a posicionarnos y que suponga un tema central en las reflexiones sexológicas de muchas personas.

¿Por qué estamos tan centrados en el tamaño del pene? ¿Por qué nos obsesiona (a los poseedores más que a los que lo disfrutan) el tamaño de este miembro precisamente y no el de otras partes? ¿por qué las mujeres no tenemos un equivalente, una parte de nuestro cuerpo que cuantificar y medir?

Es cierto que las mujeres tratamos el tema a menudo, pero en la mayoría de los casos la conversación se concluye cuando casi todas afirmamos que son los hombres a los que realmente les interesa el tema y la cuantificación, para nosotras (estoy generalizando) pasa a ser un elemento secundario.

Puede que esta importancia tan relevante tenga que ver con que el pene se ha tomado en nuestra sociedad como centro de la virilidad, representación y herramienta de la misma y centro de la sexualidad y la identidad de los hombres. Un gran falo es metáfora de poder y de placer (por muy alejado que esté de la realidad) y por lo tanto el tamaño del mismo acaba siendo el reflejo de la seguridad y la identidad de macho de muchos individuos.

En nuestro sistema occidental, la figura masculina siempre ha sido la de la vida pública, la de la reputación y la imagen, y la de la afirmación de su dominación. Al final, todos estos elementos acaban apiñándose dentro de la polla de cada uno. Aglutina tantas cosas y es representación de tantas otras que asombra que solo se componga de unos pocos centímetros.

En esta división social de géneros, las metáforas cambian de hombres a mujeres. Unas grandes tetas femeninas son símbolo de la estética y la belleza, un gran pene representa el poder y la dominación, y nunca al revés: una vagina grande nunca ejerce como metáfora de dominio (pudiendo llegar a ser algo negativo), ni existe ninguna parte del cuerpo masculino que sea más bella cuanto más grande. El cuerpo de la mujer se destina a la reproducción y por lo tanto sus peculiaridades se toman como reflejo de esta función.

Es impresionante como el sistema heteropatriarcal se cuela en nuestros cuerpos para dotarlos de significados concretos y hacer suyos nuestros genitales para utilizarlos en su simbología. El del pene es el caso más evidente y extendido, pero existen otros muchos que se encuentran latentes y disfrazados de naturalidad, pero que en cambio, condiciona nuestra visión del cuerpo y dota  a los géneros de corporalidades muy diferentemente significadas.