La esencia del movimiento sexo-positivo es el establecer una nueva ética del sexo y de las relaciones que evite por un lado la explotación y por el otro la represión.


El sexo no es una necesidad a satisfacer, un picor que hay que rascar, un hambre que hay que saciar. Tampoco es un simple mecanismo biológico para tener hijos, una compulsión animal que hay que mantener controlada en los estrechos confines marcados por los dictados de una sociedad represiva. De acuerdo con la nueva mentalidad sexo-positiva, el sexo es algo hermoso, grande, multicolor, enormemente variado y enriquecedor, que nos conecta con otras personas al establecer relaciones llenas de intimidad y generosidad.

De la misma forma, el movimiento sexo-positivo postula que las relaciones deben escapar de los confines establecidos por la moral convencional y volverse más libres y creativas. Cuestiona que toda relación deba de subir obligatoriamente la “escalera del amor” formada por los peldaños de los ligues, las citas, el compromiso, la boda, el piso con hipoteca y los hijos… ¡Y no te quedes estancado en alguno de esos peldaños, porque eso querrá decir que has fracasado! ¿No consigues una segunda cita con tu ligue del sábado? No lo has hecho bien, no le has gustado. ¿Sales con un chico dos años y no consigues casarte con él? Se ha aprovechado de ti. ¿Vives sola? Eres una solterona. ¿Estás casada y no tienes hijos? Será que, o bien tienes alguna enfermedad, o que eres muy egoísta… sin hijos, tu vida está vacía. 

Por el contrario, cuando se es sexo-positivo cualquier relación puede ser maravillosa, sea una follada de una noche, un amor del verano, el ser amantes durante unos pocos años o un matrimonio que dure toda la vida. También son válidas todas las combinaciones de géneros posibles… incluso las relaciones entre más de dos personas.

El movimiento sexo-positivo postula que las relaciones deben escapar de los confines establecidos por la moral convencionalEstas vienen a ser las ideas básicas del movimiento sexo-positivo, que está adquiriendo un gran auge por todo el mundo occidental. Nació hace más de tres décadas a partir de una crisis dentro del feminismo y con el tiempo ha ido aglutinando los movimientos LGTB, BDSM, swinger, las relaciones abiertas y el poliamor. Cuenta con una gran colección de libros que exponen sus principios, por autoras como Carol Queen, Susie Bright, Patrick Califia, Tristan Taormino, Dossie Easton y Janet Hardy.

Para mi gusto, uno de los mejores exponentes actuales de este movimiento es Dan Savage en su podcast semanal “The Savage Lovecast”, un consultorio al que llaman desde todo el mundo con preguntas sobre sexo y relaciones. También existen organizaciones dedicadas a promulgar y desarrollar la filosofía sexo-positiva, así como comunidades especializadas en sus aspectos más concretos, como el poliamor, el BDSM y por supuesto LGTB.

La esencia del movimiento sexo-positivo es el establecer una nueva ética del sexo y de las relaciones que evite por un lado la explotación y por el otro la represión. Esto supone una ruptura fundamental con la moral convencional. Durante siglos, el poder disfrutar libremente del sexo equivalía a ser inmoral. Salirse de las estrechas normas que estipulaban que la única sexualidad válida es la que se daba dentro del matrimonio equivalía a ser inmoral y condenado como adúltero, promiscuo, zorra, loca, marica, infiel, puta y un largo etcétera de calificativos vergonzosos.

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Incluso aquellos que reaccionaban contra la moral represiva a favor de la libertad sexual lo hacían declarándose inmorales. Por ejemplo, en los libros del Marqués de Sade, se predica una filosofía basada en el rechazo de toda normal moral, no sólo las que se refieren al sexo. Pero eso sólo sirvió para reafirmar a la religión como la única fuente de normas morales, al tiempo que esa misma religión apoyaba todo tipo de comportamientos inmorales, desde la quema de brujas hasta la esclavitud.

A lo largo del siglo XX fueron desarrollándose movimientos políticos y sociales con códigos éticos humanistas y seglares, a menudo enfrentados a la moral religiosa. Se basaban en el rechazo a la explotación, la desigualdad y la distribución injusta del poder y la riqueza. Sin embargo, la visión del sexo como un instinto pernicioso que debe de ser controlado se introdujo de forma subrepticia en las nuevas ideologías socialista y comunista.

Fue durante la gran revolución cultural de los años 60 cuando por primera vez se empezó a considerar al sexo como algo positivo que debía ser practicado fuera de los confines del matrimonio. Esta marea de cambio se debió a la confluencia de distintos factores. La base cultural la formó el trabajo de los primeros sexólogos como Alfred Kinsey y Master y Johnson, psicólogos como Erich Fromm y escritores como Aldous Huxley.

Fue durante la gran revolución cultural de los años 60 cuando por primera vez se empezó a considerar al sexo como algo positivoA ello se unió la invención de la píldora y otros métodos anticonceptivos, que liberó a las mujeres de la amenaza del embarazo indeseado como “castigo” a sus devaneos sexuales. Pero la libertad sexual de la mayoría de los hippies fue algo pasajero, locuras juveniles que acababan por ser sepultadas en matrimonios convencionales que, eso sí, terminaban luego en divorcio. La aparición del SIDA en los años 80, que diezmó la comunidad gay, pareció asestar un golpe mortal a la nueva moralidad sexual. Todo el mundo corrió a refugiarse en parejas monógamas.

Pero un ataque contra la libertad sexual aún más insidioso que el de la moral conservadora se había estado forjando durante los años 70s. Un grupo de feministas atrincheradas en las universidades americanas emprendió una campaña contra tres prácticas sexuales que según ellas epitomizaban la explotación sexual de la mujer por los hombres: la pornografía, el sadomasoquismo y la prostitución. La ideología extremista de las “feministas anti-porno” se extendió de forma fulminante por EE.UU., culminando en 1980 con la adopción de su condena de la pornografía y el sadomasoquismo por la National Organization of Women, la mayor organización feminista del país.

La reacción no se hizo esperar. Ese mismo año, Samois, una organización de lesbianas vinculada a la organización sadomasoquista de San Francisco Society of Janus, acusó a las feministas anti-porno de ser tan represivas como el patriarcado y defendió el derecho de todas las mujeres a vivir su vida sexual de acuerdo con sus deseos más íntimos. Ese fue el primer disparo de la que se vino a llamar Guerra de Sexo dentro del feminismo, que duraría más de dos décadas.

Muchas pensadoras feministas se unieron enseguida al manifiesto de Samois. Para caracterizar su postura opuesta al feminismo anti-porno, la denominaron ideología sexo-positiva. Fue así como se inventó el nombre. Poco a poco, el nuevo feminismo sexo-positivo fue ganando terreno.

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Se filmaron películas porno dirigidas al público femenino, que al tiempo de excitar educaban sobre el sexo. Se abrieron tiendas de artículos eróticos regentadas por mujeres y para las mujeres, como New Vibrations de San Francisco. Se escribieron libros, se dieron conferencias, se crearon lazos entre organizaciones que representaban diferentes aspectos de la filosofía sexo-positiva.

Una serie de bombas mediáticas hicieron que el sadomasoquismo fuera gradualmente aceptado por la sociedad: un libro de fotos eróticas de la cantante Madonna, las películas Nueve Semanas y Media, Secretary y ahora los libros y las películas de 50 Sombras de Grey. Una nueva generación de mujeres creció en este entorno, complemente ajenas a las vitriólicas batallas que habían tenido lugar dentro del feminismo para defender posturas que ahora les parecían de lo más normal.

Se postula que la libertad sexual debe incluir la capacidad de ganar dinero con el sexo o de comprar servicios sexualesY, sin embargo, los últimos coletazos de la Guerra del Sexo aún perduran. Habiendo perdido la batalla en los frentes de la pornografía y el sadomasoquismo, las feministas anti-porno han emprendido una campaña feroz y bastante exitosa contra la prostitución. Se trata del llamado “Modelo Sueco”, según el cual no se persigue a las prostitutas sino a sus clientes. El movimiento sexo-positivo, por el contrario, defiende a las “trabajadoras del sexo”, etiqueta que incluye un amplio abanico de personas, desde actrices porno, vendedoras de artículos eróticos y prostitutas.

Se postula que la libertad sexual debe incluir la capacidad de ganar dinero con el sexo o de comprar servicios sexuales. Esto no debe confundirse con la explotación y la esclavitud sexual, de la misma forma que el trabajo como empleada del hogar o como costurera no se confunde con la explotación de mujeres que han sido esclavizadas para realizar esos trabajos.

La revolución sexo-positiva está en pleno auge. No se trata ya de actos impulsivos como los de los hippies, que planteaban una ruptura radical con el sistema sólo para ser absorbidos por la sociedad tradicional. No, los cambios propuestos por la mentalidad sexo-positiva se basan en una evaluación profunda de nuestras ideas y nuestra conducta, en replantearse lo que es ético y lo que no lo es.

Cuando alguien empieza a practicar el BDSM, la pareja abierta o el poliamor, tiene que realizar ajustes internos que suelen ser irreversibles. Ahora que parece que por fin ha llegado el ansiado final de la Era del SIDA con el descubrimiento de terapias antivirales que previenen su transmisión, es posible que estemos entrando en una era de libertad sexual sin precedentes.