A lo largo de este tiempo escribiendo para Malicieux Magazine siento que he ido creciendo con cada texto, sintiéndome partícipe de este bonito proyecto.


Si habéis leído varios de mis artículos, os habréis dado cuenta de que trato de considerar todas las situaciones y opciones posibles sobre la misma temática. Desde La presión de los primeros encuentros sexuales hasta Tenemos que hablar, he intentado que todos y todas pudierais sentiros identificados, quizás con alguna experiencia de vuestro pasado o vuestro presente, quizás de vuestro futuro.

No se puede negar que la mayoría de ellos tratan de hacer reflexionar a los lectores sobre sus vidas, sus deseos y sus relaciones de pareja.

A lo largo de estos dos años y pico colaborando con Malicieux Magazine, os he hablado de encuentros eróticos, de parafilias, de cómo aprender de nuestros errores y mirar hacia adelante, de la importancia de elaborar nuestras propias reglas de pareja, de la necesidad de potenciar al máximo nuestros cinco sentidos durante los encuentros íntimos, de los problemas que puede suponer la ausencia deseo erótico en uno de los miembros de la pareja, de las diferencias entre hombres y mujeres en nuestro consumo de pornografía, de los distintos mitos y expectativas asociados a las relaciones sentimentales, así como de las diferentes maneras de amar, de la crisis personal que muchas personas desarrollan (mejor dicho, desarrollamos) al sentirse(-nos) adultos, de la controversia que rodea a la celebración de San Valentín y de la mejor forma de romper una relación. Una variedad de temas donde psicología, sexología y vivencias personales se han entrelazado para crear textos divulgativos a la vez que rigurosos.

Por eso hoy quería compartir con todos, lectores y colaboradores, mi artículo más personal, un último artículo donde os muestro el camino andado hasta ser quien soy hoy.

Como sabéis por mi perfil de colaboradora, soy psicóloga y sexóloga. Estudié psicología porque consideraba que valía para ello. O, mejor dicho, que había nacido para ello. Siempre solían decirme que sabía dar buenos consejos, y eso que no era tan fácil cuando tenía que aplicármelos a mí. Muchos dicen que lo de la vocación es un mito, y puede de hecho que tengan razón. Pero yo quiero creer que lo justo y lo ideal es poder dedicarte a lo que has querido siempre. Y, por supuesto, ser bien pagado/a por ello. En mi caso la decisión no fue tan sencilla, dado que desde mi casa me animaban a estudiar una ingeniería. Tenía demasiado buen expediente académico como para “solo” estudiar psicología.

Finalmente, apoyaron mi decisión y tuve el placer de estudiar lo que me gustaba. Por supuesto, hubo muchas clases soporíferas, trabajos en grupo que me causaron insomnio, profesores a los que tomé manía, y exámenes que consideré injustos. Hubo, como no podía ser de otra forma, muchas horas en cafetería y pasillos, ausencias a clases y exámenes contestados en común. Pero también allí empezaron, entre los compañeros, los debates sobre las diversas situaciones que causan sufrimiento a las personas, las distintas formas de tratarlas, las múltiples investigaciones que nos gustaría realizar, y las etiquetas no siempre bien intencionadas.

Quizás incluso las parrafadas que nos veíamos obligados a poner como relleno en los trabajos me sirvieron de entrenamiento para esta afición que tenía un poco olvidada y que era la escritura. Ya de pequeña escribir me había servido como herramienta para poner en orden mis ideas y gestionar mis emociones. Sin duda una especie de terapia que más de una vez aconsejo a las personas que piden mi ayuda a profesional. Con la explosión de las redes sociales, comencé a compartir algunas de mis reflexiones bañadas de psicología, que en seguida contaban con la aprobación de amigos y conocidos. Aprendí que, quizás, sí que tenía cosas que contarle al mundo. Y que, al parecer, no lo hacía mal.

Posteriormente empecé mis estudios de Máster. Algo que desde el primer día me pareció un enorme acierto. Cada clase contaba con mi total interés, y solo a última hora de los sábados, ya cansada del intensivo, me costaba mantener la atención. Los profesores me parecieron totalmente expertos en su campo, y nos llevaron a cuestionar nuestras propias pautas de relacionarnos con los demás y sobre todo con nuestras parejas. Quitaron de nuestras cabezas cualquier resquicio de coitocentrismo y nos introdujeron en un mundo de bilingüismo sexual donde prácticamente casi todo era cuestión de matices. Tanto mis compañeros como yo empezamos a expresarnos en términos más técnicos cuando hablábamos de diferencias (o no) entre hombres y mujeres, y obtuvimos las pautas para tratar de entendernos sin perdernos en el camino.

Una habilidad no solo fundamental cuando quieres dedicarte al mundo de la sexología, sino, también, y casi más importante, para tu vida personal. Ellos me enseñaron a cuestionarme los mitos y convenciones todavía hoy existentes en cuanto a las relaciones eróticas y las relaciones de pareja. Me enseñaron a hacer que fueran otros los que se los cuestionaran, y a lograr que de mis intervenciones se derivara más de un clic en sus cabezas. Asimismo, me llevaron a cuestionarme mis conductas pasadas en mis relaciones y a darme cuenta de los errores cometidos. También a quererme y respetarme más como mujer y como amante. Y es posible que la combinación entre la experiencia y la formación me permitieran aprender a disfrutar de mi sexualidad de una forma más libre y placentera. En definitiva, no solo debo agradecer a estos estudios y sus profesores el hecho de considerarme una buena profesional, sino también que me hayan hecho una mejor compañera sentimental.

Aun así, cuando cuentas a la gente que eres sexóloga, todavía hay quien no es capaz de ver más allá del morbo y de los genitales. Por supuesto, también hay quien ha agradecido mucho mis conocimientos y, casi como era de esperar, me he convertido en la consejera (o confesora) de los problemas de pareja de muchos de mis allegados. Pero aún considero que la figura del sexólogo está poco valorada socialmente, y es bastante difícil hacerse un hueco en el mundillo profesional. Digamos que es más obvio darte cuenta de que necesitas un médico cuando tienes un fuerte dolor de estómago, pero más difícil que necesitas ir a terapia de pareja cuando sientes que tu pareja no te entiende.

A lo largo de este tiempo escribiendo para Malicieux Magazine siento que he ido creciendo con cada texto, sintiéndome partícipe de este bonito proyecto. Tanto yo como el resto de colaboradores hemos tratado de compartir con vosotros que a veces sí, el sexo es solo sexo, pero otras muchas veces también es intimidad, comunicación, autoconocimiento, respeto, autoestima, confianza, diversidad…

Así que para no perder la costumbre voy a aprovechar para dirigirme a todos, solteros y emparejados, casados y divorciados, heterosexuales, gays, lesbianas, bisexuales y transexuales, personas con algún tipo de discapacidad y personas sin ella. A todos os animo a buscar la mejor forma de disfrutar vuestra sexualidad de una forma plena y que os haga sentir felices. Ah, en el caso de manifestar dificultades, no dudar en solicitar ayuda a profesionales de la psicología y sexología que puedan poner un poco de luz donde todo parece estar oscuro.

Ah, y antes de que se me olvide, os dejo el mejor consejo que os pueden dar: el mejor consejo es aprender a quererte y respetarte antes de esperar que otros lo hagan. Frase muy repetida, pero que no siempre resulta fácil de aplicar.

¡Nos vemos pronto!