Rompió a llorar, de dependencia y de rabia. Se había dejado enmudecer por una idea romántica errónea y dañina del amor. Con Príncipe, simplemente, eran dos niños en una cárcel. Ella nació pájaro, pero el amor romántico, la obligó a estancarse.


Se sentó en un banco, hastiada de no poder más. En su mente una avalancha de recuerdos incómodos y desasosiego, mucho desasosiego.  Esa sensación adictiva de necesitar y no tener,  de haberse quedado desnuda,  sin una parte de sí misma.

Habían pasado 5 años desde la última vez que se vio así misma. O quizá, miope de la vida y del insomnio, no había logrado vislumbrarse nunca y solo entonces, en aquel preciso momento en el que había pensado en ella, se había visto con algo de claridad.

Paralizada, inmóvil de angustia y al borde del delirio, comenzó a recordar. Venían a su mente imágenes; de lo que fue, de sus comienzos, de sus amigas y amigos y su sonrisa, una sonrisa distinta, independiente.  Siempre había notado un empuje irracional hacia el amor. Quizá sin decírselo a nadie pero a modo secreto a voces, soñaba con un príncipe. Y sí, el príncipe, oyó sus gritos y se encerró. Se encerraron mutuamente en sus mundos. Le hizo creer que sus sueños eran los suyos, que su vida era la suya y él parecía haberse adaptado a su forma y movimientos. Todo fluía, de forma más o menos suave, de forma aislada. Poco a poco dejó de contestar llamadas, e-mails, privados de facebook.  De repente no había nada, solo un príncipe encantador y sus mundos, bailando al  unísono acompasado de planes y certidumbre.

En ese momento le vino a la mente su amiga del alma, Iris. No recordaba la última vez que se habían visto. ¿Por qué no me habrá llamado?-pensó. Buscó su teléfono en la agenda, y entonces recordó. Lo había borrado.  Se había enfadado con ella, o espera, ¿ fue al revés?.

Miró sus abandonadas redes sociales, sus huellas virtuales que solo usaba para el trabajo.  Tenía varios mensajes  en la conversación con  Iris de hace 5 años. Iris quería verla. Pero su príncipe y su mundo la necesitaban más que ella. Rompió a llorar, de dependencia y de rabia. Se había dejado enmudecer  por una idea romántica errónea y dañina del amor.  Con Príncipe, simplemente, eran dos niños en una cárcel. Ella nació pájaro, pero el amor romántico, la obligó a estancarse.

Y ahora que había explotado, sentía miedo.

Cogió el teléfono y llamó a Iris, con una mezcla de desolación y vergüenza.

-Hola, ¿quién es?

-Soy Naira.

-Naira… ¿Naira?- preguntó extrañada.

-Sí. Soy yo. ¿Cómo estás?

-Hola Naira, estoy bien la verdad, ha pasado mucho tiempo desde la última vez que nos vimos, me alegra oírte. –dijo sincera y sorprendida.

-Sí, es cierto, sé que es culpa mía, no supe… –dijo titubeante.

-Tranquila, justo ahora estoy en Granada de vacaciones, no me quedaré mucho tiempo. ¿Sigues por allí?

-Sí, sigo exactamente en el mismo lugar que la última vez.

-Bueno, si me llamas, es porque algo se habrá movido.-dijo con su voz cálida y amable. Había olvidado lo suspicaz que era para decirme lo importante dentro de una simple frase-Si quieres tomamos un café y hablamos.

-Por supuesto, pero esta vez, prometo no llegar tarde.

Los últimos años, había llegado tarde a todo, especialmente a ella misma. Pero sintió que en esa amiga, en esa hermana, había un comienzo. Quizá no se reconocerían nunca más, quizá podrían ser lo que fueron desde otro punto. Pero el hecho de haberla llamado, para ella significaba algo. Era un comienzo para reencontrarse. Un comienzo duro, difícil, de conocer y de encantarse por haberse conocido. Quererse por lo que una es, sin complots, ni fantasías de/con otros.  Amar de dentro a fuera, sin dejarse ni una arista de ella misma.

Nacer tenía que parecerse a esa sensación. Tu ante el mundo, sola, desnuda, sin entender muy bien qué hacer y llorando de alegría y extrañeza.

Bienvenida a la vida.

Ahora sí y por fin,

tu vida.